By

Espacio y esencia

Aires Mateus. Fotografía: Francisco Nogueira

Llamamos espacio a infinidad de conceptos. Espacio puede ser la distancia entre dos puntos. Espacio es también la masa de aire que albergan varias paredes, un suelo y un techo. Espacio es la soledad deseada que necesitamos para mirar adentro, la eternidad que se abre más allá de la Tierra y también el interior de un perímetro que delimita aquello que queremos proteger; un espacio natural, aéreo o agrícola. Ayer y mañana, aquí y allá, son infinitos puntos en el espacio temporal y físico que habitamos y todo lo alberga.

¿Y qué hay de la esencia? Esencia es lo que ES, lo que importa y permanece. Aunque cambien el contexto o las circunstancias. Es lo que queda cuando eliminamos lo superfluo, nuestras ficciones y fricciones, capas que son puro ruido y alimentan la fatiga mental crónica en la que vivimos.

Trasladada al plano espacial, la esencia trasciende el debate de belleza, forma y función, y nos conecta con una dimensión onírica, revelándonos nuestro yo más desnudo. Un espacio esencial nos da un abrazo para calmar, paz para soñar y alas para volar. Nos permite retirarnos, reunirnos y celebrar.

Y a cuenta de reunirnos y celebrar…¿cuál la esencia de un espacio en el que te sientes bienvenido/a? Quien más, quien menos, ha aceptado invitaciones gracias a las que ha terminado apareciendo en alguna comida o cena en la que, nada más cruzar el umbral de la puerta, ha sentido que algo no cuadraba, que había algo impostado. Mostrar amor por tus invitados bebe de un arte que dista galaxias de una calculada disposición, un menú estrellado, la puntuación Parker del vino, lo bien que conjunte la mantelería con el tapizado o el cargo y los apellidos de quienes te acompañan.

La fuente de esta elegancia brota de la improvisación, precisamente en saberte bienvenid@ sin previo aviso. Un lugar que te acoge es una sencilla mesa de madera, sillas y platos de aquí y de allá (si tienen alguna muesca fruto del uso, mejor), tenedores que no pegan porque son una mezcla de la vajilla de plata de tus suegros, los que te has olvidado de devolver a la oficina y aquel que cogiste (sin querer) del hotel en Linarejos, manjares sencillos de la despensa de  los “por si acaso”, “mejor que sobre a que falte” y  “para ocasiones especiales” (¿acaso hay algo más especial que hoy?), un jarrón con flores recogidas en el paseo de la mañana, el hocico de un perro husmeando rodillas  y los rostros y manos de tus seres queridos iluminados al lumbre de una vela.

Atmósferas en las que florece la vida. Ambientes que invitan a conectar(nos), a ser más humanos, más nosotros, menos máquinas. Paredes, suelos, techos y objetos que rezuman verdad y afecto. Espacios no concebidos para ser mirados en una revista, sino para ser vividos y nos hagan vivir con todos los sentidos.

Fotografía: Elleihome

Gracias por leer; reuníos mucho y celebrad más.

Deja un comentario