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Intimidad y arquitectura

Els Comellars, por John Pawson y Claudio Silvestrin. Fotografía: Mari Luz Vidal

Por norma general, cuando escuchamos la palabra “intimidad”, solemos asociarla instintivamente a la esfera de lo privado. Sin embargo, en una sociedad en la que las superficies de las viviendas van menguando al mismo ritmo que se multiplican las cámaras de seguridad, a la par que regalamos nuestros datos personales sin mucho miramiento y la exposición de las vidas de algunas personas se convierten en mercancía mediocre a costa de, o gracias a, la atención que les brindamos (ahí están los realities y aquell@s que ganan mucho dinero mostrando en redes ecografías, recetas, el fondo de armario, su vida en pareja o hasta el DNI), esta premisa inicial empieza a tornarse confusa.

Pero hoy no estamos aquí para hacer una crítica social, sino para hablar de la intimidad y su relación con la arquitectura.

La intimidad es un concepto que se relaciona con lo recóndito, lo que está en el fondo de algo, situado en lo más interno, hondo y profundo; en este sentido, podríamos decir que la intimidad es aquello que te invita a conocer tu esencia, a acercarte a tu verdad.

Intimidad es un espacio recogido, concebido a escala humana. Es la vida plácida que transcurre en la minusculidad de una furgoneta camperizada, pero también conquistar la playa de la Concha cuando la ciudad aún duerme, se empiezan a intuir los primeros brochazos de rosa en el cielo y sientes, a pesar de su dimensión de gran espacio al aire libre, que no podrías estar en otro lugar en ese preciso momento; quizá algo tenga que ver su forma cóncava tan característica del abrazo, que sentimos como el regazo maternal que nos acoge.

Intimidad es pedir ayuda, mostrar nuestra vulnerabilidad, percibir la de los demás y quererlos (aún) más. Es dejar a un lado el mundo del ego y de las apariencias, desprendernos de nuestras etiquetas, que tantos quebraderos nos dan, y ver más allá. Intimidad es sentir que vamos por el buen camino a pesar de no tener claro el destino. Es confiar.

Intimidad son dos almas que se tocan. Intimidad es una bañera con vistas, hipnotizarnos con una chimenea de leña en invierno y maravillarnos mirando las estrellas en manga corta desde un lugar secreto en los días de calor.

Intimidad es claridad de pensamiento. Intimidad es libertad. E intimidad es, a pesar de lo que digan, lo contrario de la sociedad del espectáculo.

Intimidad es pasear por un bosque bajo la lluvia y conectarte con él a través de sus sonidos, aromas, rugosidades, luces, sombras y colores. Porque intimidad es, sobre todo, conectar. Con el bosque, con tu yo más profundo y con el otro. Y conectamos a través de la conciencia y de los sentidos. Y dado que necesitamos cierto grado de quietud y silencio para sintonizar con ellos, la arquitectura juega un papel fundamental en el fomento de la intimidad, de forjar conexiones.

Los espacios modulan nuestras emociones y sentimientos porque nos invitan u obligan, dependiendo de cómo estén concebidos, a mirar y movernos, a sentir y comportarnos, de una manera determinada. Y esto, ciertamente, tiene mucho que ver con la intimidad y el conectar. Algunos ejemplos:

  • La vida monacal que discurre en monasterios y conventos, lugares en los que se diferencian claramente los espacios de la vida comunal y la intimidad de la celda personal.
  • O los hoteles que, salvando las distancias, se diseñan a partir de un patrón parecido.
  • La reverberación bien ejecutada de un restaurante, que permite regalar toda nuestra atención a quien nos acompaña, y no al mengano que se encuentra cinco mesas al fondo a la derecha.
  • Esta cabaña en la Sierra de Aralar (Gipuzkoa), obra de los bilbaínos BABELstudio para una pareja joven de creativos y que, por su ubicación, forma y materiales, es una carta en blanco para la calma, la inspiración, el descanso del estímulo visual, olvidarnos de lo superfluo y fundirnos con el entorno:
Cabaña en la Sierra de Aralar, obra de BABELstudio. Fotografía: Biderbost Photo
  • Cualquier obra de John Pawson, adalid del minimalismo y célebre rehabilitador de espacios espirituales, como la abadía de Nový Dvůr (1994-2004), de la Orden Cisterciense de la Estrecha Observancia, en la ciudad checa de Toužim, que ocupa más de 100 hectáreas en un lugar remoto de Bohemia y que fue el primer monasterio en construirse en el país tras el cese del comunismo:
Abadía de Nový Dvůr, obra de John Pawson. Fotografía: Hisao Suzuki
  • O su capilla de madera en la ciudad alemana de Unterliezheim (2017-2018), de tan solo 30m2, ubicada en un bosque bávaro y realizada con 61 troncos de madera de abeto apilados, que invita al descanso y al recogimiento, pero también a la observación del paisaje gracias al hueco abierto para contemplarlo. Pura magia:
Capilla de madera en Unterliezheim. Contexto. Fotografía: Eckhart Matthäus
Capilla de madera en Unterliezheim, obra de John Pawson. Exterior. Fotografía: Eckhart Matthäus
Capilla de madera en Unterliezheim, obra de John Pawson. Interior. Fotografía: Felix Friedmann
Capilla de madera en Unterliezheim. Ventana. Fotografía: Felix Friedmann
Capilla de madera en Unterliezheim, obra de John Pawson. Detalles. Fotografía: Desconocido.
  • En contraposición, un gimnasio repleto de máquinas y pantallas, con un gran cristal que da a la calle, para que termines de sentir que sí, que formas parte de un escaparate, diseñado para estimular que poses la mirada en lo externo, imites al otro, te compares, pierdas el foco y te confundas.
  • O esas oficinas de cubículos modulares, construidas en plástico y materiales sintéticos, luces blancas nivel quirófano, ausentes de cualquier ápice de naturaleza que te recuerde que eres un ser humano; espacios para hacerte sentir un recurso, un número; un escenario ideal para alienarte, deprimirte y nunca poder dar ni un poquito de lo mejor de ti.

La arquitectura es, en este sentido, la coreografía de nuestros cuerpos; su diseño marca ritmo y mirada. Para ir cerrando, podemos ilustrar esta idea, sin ir más lejos, con dos escaleras de Lina Bo Bardi, arquitecta italo-brasileña referente del panorama modernista de mediados del siglo XX, así como una auténtica maestra en esto de pensar (muy bien) movimiento y espacio.

  1. Una escalera helicoidal que invita al movimiento libre y fluido (1963), en el Museo de Arte Moderno de Bahía (Brasil), asentada en planta cuadrada, flanqueada por 4 pilares y encastrada en un pilar central, sin barandilla y realizada en madera siguiendo las técnicas de carpintería utilizadas para la construcción de los carros tirados por bueyes:Escalera de madera de Lina Bo Bardi en el Museo de Arte Moderno de Bahía. Fotografía: Nelson Kon
  2. Y otra, construida a base de finos perfiles metálicos, que da pie al movimiento contemplativo, a apoyarse en la barandilla admirando hasta el infinito el exuberante paisaje que la rodea, en la Casa de Vidrio, su primera obra construida, concluida en 1951 en el sur de Sao Paulo:
Escalera de la Casa de Vidrio, obra de Lina Bo Bardi. Fotografía: Chico Albuquerque

Y, por hoy, vamos a dejarlo aquí, que el tema da para mucho, pero no quiero ser más densa de lo estrictamente necesario, y ya soy intensa de serie. Parafraseando a Peter Zumthor, “la buena arquitectura debería acogernos, dejarnos vivir y habitar el espacio, y no abrumarnos con su charla”.

Como siempre, gracias por leer y por el amor que me hacéis llegar.

Cuidad y disfrutad de vuestra intimidad con fervor.

Feliz sábado,

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