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Nostalgia y pátina

Eduardo Chillida, 1977. Fotografía: Francesc Català-Roca

Soy persona más de intuición y olfato que de exhaustivo análisis bibliográfico, así que vaya por delante que no he llevado a cabo ningún estudio riguroso de esto que va a continuación, pero tengo la sensación de que, desde hace tiempo (quizá desde siempre), la nostalgia está cada vez más presente en el sentir colectivo. Creo que está al alza la impresión de que la vida, así en general, era más sencilla, más real y más profunda hace algunas décadas vs. la espantada generalizada y constante huida hacia adelante que inunda las vidas de hoy. Y es que, quizá, nos hemos pasado de frenada.

La moda atemporal de los 90, el cine de los 80, los movimientos sociales de los 70, la música de los 60, el diseño de los 50 … ¿Por qué esta obsesión por rescatar el pasado?

Los esclavos del siglo XXI pasamos toda nuestra jornada laboral pegados a pantallas grandes, medianas y pequeñas. Nos hemos metido en el cerebro que, por el mero hecho de que la tecnología nos posibilite estar disponibles en todos los lugares y en todos los momentos, hemos de estarlo, y que tire la primera piedra quien no se haya llevado esta esclavitud más allá de la oficina y la haya acogido en su esfera personal; grupos de Whatsapp con gente que ni fu ni fa, no saber pasar un minuto en una cola o sala de espera sin mirar nerviosamente las notificaciones del móvil, responder a llamadas de números desconocidos, que la cita que no esté guardada en la agenda del Outlook, no exista.

Y todo esto es una gran falacia, responsable, en gran medida, de la epidemia de ansiedad que nos azota. Vivimos muy deprisa y muy de mentira.

Ante tal desasosiego, tiene todo el sentido del mundo que tratemos de hallar anclajes en aquello que funcionó a nuestros padres y abuelos, es decir, que miremos al pasado en busca del fundamento que hemos perdido entre tanto algoritmo, scroll y píxel. Es muy normal y muy humano que busquemos vivir de manera auténtica entre tanto artificio. Que tratemos de hallar un resquicio de paz entre la cacofonía del mal vacío.

Este auge por la “vuelta al origen” es algo que también podemos intuir en el ámbito de la arquitectura; al fin y al cabo, aquello de “lo que funcionaba hace 100 años, también lo hará hoy”, esconde mucha verdad.

Hay un concepto que se repite con frecuencia en la literatura occidental contemporánea sobre arquitectura y diseño: la pátina. Originariamente, la pátina es el barniz que se forma de manera natural en los objetos de bronce por efecto de la humedad, pero la acepción a la que nos referimos hoy es la del carácter indefinible que adquieren las cosas por el natural paso del tiempo

Aunque tenga infinita lógica que frente a la fugacidad de la vorágine digital nos apetezca más que nunca maravillarnos con la aparente imperturbabilidad de lugares y objetos que datan de hace décadas o siglos, el aprecio por la pátina no es nada nuevo; en la China del siglo IX ya se documenta la pátina en los escritos de los coleccionistas de urnas como una apreciación estética loable. Y en el Renacimiento eran tan fans de la pátina que cubría las obras clásicas griegas y romanas, que los pintores venecianos tenían como práctica habitual aplicar a sus pinturas  barnices para copiar ese efecto “vintage”. Pero la realidad es que, por mucho que la pátina se haya tratado de reproducir artificialmente, la pátina es incopiable (lo explica maravillosamente aquí Iván Leal) y su único autor posible es el tiempo.

La pátina y los materiales naturales van de la mano; la naturaleza es benévola con lo que ha salido de ella. La pátina hace que los espacios y los objetos se vuelvan más bellos con el paso del tiempo, que envejezcan con gracia y elegancia; la madera de roble, teca o pino, el mármol, la piedra, el cobre, el bronce, el cuero, el lino. Son materiales que, como las personas, maduran con el tiempo, realzando su belleza, valor y autenticidad; el tiempo les confiere nuevas capas no reveladas con anterioridad, matices y texturas inesperados que no ha diseñado ni pensado nadie, y esa espontaneidad les dota aún de mayor valor. La pátina hace que lo viejo sea sexy.

Y ojo, que con esto no quiero apuntar que todo lo nuevo sea malo per se, pero es que antes se fabricaba mejor. Sin ir más lejos, me pongo con orgullo, amor y cariño (y no soy la única de mis amigas que lo hace) ropa que mi madre usaba antes de que yo naciera; la calidad de los tejidos y la caída de los patrones  de estas prendas son mágicos y algo que yo no podría aspirar a traspasar a ninguna siguiente, por mucho dinero que quisiera dejarme hoy en marcas que supuestamente lo hacen bien, con la esperanza de que las pudiera llevar con orgullo, amor y cariño en 2059.

Un caserío con fachadas de mampostería y sillares de piedra del siglo XVI en el que nos sentimos a salvo. El Peine del Viento, que mejora con los embates del Cantábrico. La sensatez con la que habla el nonagenario diseñador barcelonés Miguel Milá.

Que no nos devore la nostalgia, que la vida ocurre ahora mismo, mientras lees estas líneas, pero pienso que estar presentes en lugares con pátina, rodearnos de objetos con pátina y estar cerquita de personas con pátina puede dotar a nuestras vidas de infinita paz y belleza.

Feliz sábado.

Infinito Miguel Milá. Fotografía: Trenat.

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