
Estos días en los que me hallo contando las horas para unas muy necesitadas vacaciones, me ha dado por pensar en la idea de descanso.
El descanso es algo que damos muy por hecho, porque es uno de los pilares de la salud y, por tanto, inherente a la buena vida; sin embargo, es algo que se nos da fatal.
No hay vida sin descanso. Hay numerosos estudios que así lo indican; hasta Dios necesitó un día de descanso cuando creó el mundo. Los terrenales humanos, por muy superhéroes y divinos que nos sintamos a veces, no íbamos a ser menos.
Durante las últimas décadas, muchos países hemos ido ganando derechos en el ámbito laboral; la jornada de ocho horas, el fin de semana, las vacaciones pagadas… hoy los damos por hecho, pero esto hace un siglo apenas existía. Aun y todo, aunque haya más evidencia científica que nunca sobre lo fundamental del descanso y jamás hayamos tenido tantos derechos como hoy en día, la realidad es que la mayoría de los males que sufrimos hoy en el primer mundo son fruto de que NO descasamos. No nos damos permiso. Y escondemos esta falta bajo litros ingentes de café, capas de corrector e infinito entretenimiento, entre otros.
La democratización de las herramientas digitales (puedes aprender a hacer lo que quieras vía YouTube) favoreció hace más de una década que cualquiera pudiera empezar a facturar sin mover un pie de su casa. Esta democratización se dio a la vez que la precarización del trabajo fruto de la crisis de 2008. Con estos dos factores en la línea de salida, teníamos todo lo necesario para empezar a mercantilizar nuestro mal llamado tiempo libre, a aprovechar y tratar de sacar provecho también al tiempo fuera de la oficina, tienda o fábrica donde pasamos un tercio de nuestras vidas, facturando todo lo posible: que me hago un curso de Illustrator en Domestika y ahora ofrezco servicios de diseño gráfico los findes, que he leído un par de libros de Joe Dispenza y ahora soy coach de 19:00 a 21:00, que me gusta el yoga y me voy un mes a la India a sacarme el título de instructor, que ahora invierto en bitcoins mientras me tomo el café de la mañana o que creo un podcast sobre vinos de Alaska para ver si alguna marca me paga por ello.
No tiene nada de malo buscarse la vida, pero el tema es que esta idea de que hay que estar constantemente en marcha para no quedarse atrás llegó sin límites y para quedarse. Hacer, hacer y hacer; recuerdo hace años llegar a sentirme mal porque, mirando alrededor, daba la impresión de que o eras lo suficientemente list@ para crearte una segunda fuente de ingresos fuera de tu “trabajo normal”, o eras una persona vaga que apenas merecía vivir. Era una matraca tóxica muy aplaudida en la red social más tóxica que existe (LinkedIn) con discursos del tipo si quieres puedes, el límite lo pones tú, sal de tu zona de confort o aquella, equivocadamente atribuida a Einstein, de si buscas resultados distintos, no hagas siempre lo mismo y que, básicamente, de frase de listillo mediocre a otra, animaban a que tu vida entera fuese una empresa facturando 24/7. En serio, menuda pereza.
En la misma línea, la cultura del clickbait impulsada por el derrumbe del negocio tradicional de los medios de toda la vida también fomentó la difusión de artículos pensados no para informarte sino para conseguir tu clic con títulos tipo “las cinco claves de la gente con éxito”, “los siete hábitos de las personas eternamente en forma” o “los tres imprescindibles para educar a tu hijo con garantías”, que siguen abundando en la escombrera sin fin de internet y que no han hecho sino volvernos aún más neuróticos y nerviosos que cuando no había acceso a tantísima información y no quedaba otra que tirar de sentido común y preguntar a nuestro círculo íntimo en lugar de a Google.
La infoxicación derivada de la fragmentación de los medios ha cambiado las tornas de lo que se ha considerado correcto durante décadas; en el pasado, para enterarse había que informarse; leer prensa, escuchar radio, ver la tele. Hoy en día, para enterarnos de algo, hace falta un tamiz finísimo y una curación híper selecta de lo que nos permitirnos ver, oír y leer, porque si nos abrimos a todo lo que tenemos a nuestro alcance, enloquecemos, nos bloqueamos, enfermamos. Por más que el contenido sea una onda expansiva que nunca termina, convendría no perder de vista que los días tienen 24 horas, igual que hace millones de años, y que nuestra atención es un recurso tremendamente finito que debemos mimar con devoción. Necesitamos a nuestro sentido crítico más en forma que nunca, pero tanto ruido y tan poco descanso nos inducen a actuar como robots sin juicio, manteniendo viva la rueda de hámster de la que no somos capaces de bajar.
Innatamente curiosa, sensible e insaciable, yo misma he caído presa de este mal y recuerdo vivir en el hacer desde que tengo uso de razón; parar implica mirar adentro, y eso da mucho miedo. Llegar al final del día sin energía, al viernes destruida, a Navidad con fuerzas de chiripa, febril a Semana Santa y con cuerpo y mente más allá del límite al verano. Hablo en primera persona pero, ¿le suena a alguien más esto? En esta neurosis colectiva del hacer, ¿cuándo nos inculcan que lo importante es lo que somos, y no lo que hacemos? ¿Quién nos enseña a ser, a poner límites a las obligaciones y al compromiso exógeno? Si algún día me tocara educar a una criatura, no sabría ni por dónde empezar, pero esperaría tener todos estos aprendizajes en mi particular caja de Pandora.
No creo en las recetas para vivir y recelo siempre de quienes dicen tener la piedra filosofal para ello. Tener las ideas claras (ahí es nada) es un punto de partida. Hacer nuestra particular criba de quiénes nos rodeamos me parece esencial. Y hacer que los espacios que habitamos nos ayuden a calmar el sistema nervioso y nos permitan dejarnos ir es de grandísima ayuda y siempre agradable. Los espacios y los objetos han de ser, por su propia naturaleza, funcionales, pero si realmente han de servir como impulsores de la buena vida, éstos han de atender también a nuestros cuerpos y emociones. Necesitamos re-sensualizar los espacios para ensalzar nuestra vida a través de los sentidos.
Por ello, nos vamos de vacaciones en máximo estado de escapismo compartiendo retiros pensados para el descanso, el disfrute y la práctica del arte del buen vivir concebidos por algunos de nuestros arquitectos favoritos:
1 / Casa no tempo, Aires Mateus (Alentejo, Portugal)





2 / Masseria Moroseta, Andrew Trotter (Puglia, Italia)






3 / Casa Julià, Federico Correa y Alfonso Milá (Cadaqués, España)





4 / Home Farm, John Pawson (Cotswolds, Reino Unido)





5/ Sao Lourenço do Barrocal, Souto de Moura (Alentejo, Portugal)






6 / Residencia privada, David Chipperfield (Corrubedo, España)





La buena vida no es una carrera, así que permítete descansar, que nadie te va a pasar por la izquierda; tampoco por la derecha. No poner despertador y perder el miedo a no aprovechar el día en fin de semana, gozar desde tu cama deshecha del maravilloso olor a café haciéndose y a pan tostándose, regalarte con frecuencia una siesta de 20 minutos o de 2 horas, no mirar el reloj, pero sí el cielo, contar estrellas, y estelas de avión, escuchar una competición de grillos junto a un arroyo, quedarte una tarde de miércoles de invierno leyendo un libro en el sofá, que el mundo seguirá abierto mañana para tus recados, decir que no a esa fiesta que te importa un pimiento. No sentirte mal por pedir a alguien que cuide de los niños y os deis un más que merecido homenaje de dos sin tener que rendir cuentas a nadie. No ir un día al gimnasio, ni dos ni tres, que no vas a dejar de estar en forma por ello. No juzgarte por no cocinar una noche y pediros algo por Glovo. Dejar de construir tu vida en base a lo que hacen otros. Gozar de la arena entre los dedos de tus pies, del olor a hierba recién cortada, de tener pelo y piel envueltos en salitre.
Descansa, enamórate de ti y de los tuyos y conviértete en la razón de que otras personas se sientan amadas, cuidadas y escuchadas.
Feliz descanso y verano,
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