
En la tradición japonesa de la ceremonia del té, al Sukiya o salón del té también se le llama “la morada de la imperfección”. En este contexto, se entiende el salón del té no tanto como un espacio al que simplemente vas a beber té (un bar o cafetería podrían cumplir perfectamente esa función), sino como un lugar consagrado al culto de la imperfección diseñado de manera intencionada con algunos elementos sin acabar para que sea nuestra imaginación, como en el buen arte (pensemos en pintura, escultura, fotografía, cine, literatura o, incluso, cocina), quien se encargue de completarlo. De esta manera, tanto el buen arte como el Sukiya nos invitan desde el primer momento a formar parte intrínseca de ellos, atrayéndonos magnéticamente hacia sí.

Esta mágica comunión que nos conecta con lo que tenemos alrededor no ocurre en lo perfecto, en lo que está totalmente acabado, deja todo a la vista y nada abierto al juego. A lo perfecto no le hacemos falta y, aunque nos cueste darnos cuenta, tampoco nosotros lo necesitamos; a pesar de que en un primer momento llame nuestra atención, lo perfecto, por antinatural, produce rechazo en lo más hondo de nosotros y nos hace sentir vacíos, porque es incapaz de hacernos clic. Lo perfecto no es nada sexy.
Siendo esto así, llama poderosamente la atención que nuestras mentes estén atestadas de idealizaciones sobre cómo debería ser la realidad (lo perfecto) y que el día a día se colme de frustraciones porque las cosas no se desarrollen tal y como las proyectamos; lo recoge maravillosamente Miguel-Ángel Martí García en la pequeña delicia titulada La serenidad:
“Pensar que la vida es de una forma distinta a la que en realidad es constituye un obstáculo serio para adentrarse en el camino de la felicidad”.
Para la mayoría de las personas que habitamos el hoy, la vista es nuestro sentido capital, del que más abusamos; nuestra cultura es hipervisual y no hay más que recordar la distopía que traza José Saramago en su Ensayo sobre la ceguera para vislumbrar cómo colapsaría la civilización si de la noche a la mañana toda la humanidad se quedara ciega.
Aunque la manipulación sea una historia milenaria, parece cada vez más difícil distinguir entre lo real (lo que es) y lo artificial (una fabricación de la realidad); la tecnología que explosiona a la par que nos idiotiza sin freno ni complejo no va a hacer sino acrecentar esta dificultad, y con mayor impacto si cabe en una cotidianidad como la nuestra, en la que sufrimos una indigestión crónica por empacho de estímulos visuales; banners y vallas, posts y spots, pantallas en la bici y el ascensor, notificaciones, portadas, pantallazos, mupis, reels, móviles con capacidad de guardar más de 30.000 fotos que van a ninguna parte y escaparates que emiten más lúmenes que una explosión atómica. El caldo de cultivo para manipularnos no podría estar más a punto.
Ahondando en la vía del engaño que entra (o no) por los ojos, y a pesar de que el cuarto oscuro nacido en el siglo XIX ya permitiera manipular los negativos fotográficos durante el revelado, la fotografía analógica parece tener un nosequé que nos ancla a lo real, bello e imperfecto; quizá esta aura tenga algo que ver con las irregularidades e imperfecciones de una fotografía que no ha pasado por la tiranía de la edición digital, de manera que, en su austeridad y pureza, ésta rezume verdad y autenticidad, nos haga clic.
La fotografía es el arte de capturar la realidad en un encuadre, sin olvidar que cada persona somos diferentes y, por lo tanto, interpretamos la realidad bajo nuestra propia visión; este arte puede tomar senderos infinitos, pero si quisiéramos distinguir caminos fotográficos por su intención, podríamos hablar, por ejemplo, de la fotografía con foco en FABRICAR una imagen con un fin previamente pactado (como vender un vino o decorar un despacho), frente a la fotografía con foco en CAPTURAR la vida tal como es, como puede ser el caso de la fotografía documental o el reporterismo. En palabras de Henri Cartier-Bresson, uno de los padres del fotoperiodismo:
“… mi método de trabajo se fundamenta en ese respeto (por el sujeto), que es también un respeto por la realidad: ni ruido, ni ostentaciones personales, ser tan invisible como sea posible, no “preparar” nada, no “arreglar” nada, sencillamente estar ahí, en silencio, de puntillas, para no enturbiar el agua (…) ¡Quedémonos en lo real, quedémonos en lo auténtico! Pues la autenticidad es, sin lugar a dudas, la más grande de las virtudes de la fotografía (…) Lo malo de tantas fotografías de salón, de tantas fotografías artísticas, es que a menudo lo único que poseen es una bella forma, pero tan vacía, tan hueca (…) Componer, encuadrar en el momento de la toma, esa es la única verdad, incluso para el reportero (…) Creo que no se pueden hacer buenas fotos teniendo una meta muy precisa en mente. La estilización, por ejemplo, es el triste resultado de una aproximación sistemática de la composición, en lugar de la intuición. El único arte verdadero reside en la humanidad de tu reflexión, en la mirada y en la coincidencia de encontrarte en determinado lugar y determinado momento.”
Frente al engaño, el rebaño y la churrería que trata de convertirnos en personas salidas del mismo molde, autenticidad. Nuestras cicatrices, batallas perdidas y equivocaciones no pueden ser las vergüenzas que escondamos en un rincón bajo llave, sino erigirse en munición para la conquista de un hoy más sereno y pacífico, más confiado, sabio y compasivo.
No se trata de ser un dejado o una mediocre, sino de apuntar hacia la mejor versión de lo que nos traigamos entre manos, gozar del proceso y darnos las gracias por el esfuerzo realizado. La imperfección es la esencia de la vida, lo más valioso que tenemos en nuestro paso por aquí; las cosas que realmente embellecen y enriquecen nuestra existencia, como la honestidad, la humildad, la poesía, la frescura, la ternura, la vulnerabilidad… en definitiva, nuestra propia humanidad, comienzan a brotar en cuanto arrancamos de nuestra mente cualquier ambición por cultivar la quimera de la perfección.

Imperfectos,
(pero)
auténticos,
dignos,
humanos.
Feliz sábado y regocijaos infinito en vuestra genuina imperfección,
Deja un comentario