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Vivir en analógico

Sofia Coppola en el set de Las vírgenes suicidas (1999). Autor: Desconocido.

No sé ubicar en el tiempo cuándo pasó esto exactamente, pero hubo un momento en la historia reciente en la que nos entró profundo aquello de que acumular objetos era algo banal y que lo importante eran las experiencias, cuantas más, mejor, cuanto más intensas y variadas, superior y que, por lo tanto, iba a rentarnos infinito y subir mucho el termómetro de nuestra felicidad dedicar nuestro tiempo y nuestro dinero a las experiencias: escapadas, festivales, restaurantes, tirarnos en paracaídas, un evento, y otro, y otro, y otro, viajes al fin del mundo, trabajos que ni fú ni fá pero que nos permiten coger aviones y “conocer mucho”, un retiro de yoga en el que sirven comida fotografiable y haces ooommmm 5 veces al día, apuntarse a esto, a aquello y a lo de más allá, dejar una relación y pasar a la siguiente “porque la vida son dos días”, salir mucho, cambiar de amigos cada poco, dormir 4 horas que “ya descansaré cuando me muera”, acudir a un taller, hacer un curso, sacarse un máster y estudiar tres carreras “porque la curiosidad es un don” y, en definitiva, trazar nuestros días con una agenda que ni la de un primer ministro. Bajo mi punto de vista, en esa obsesión del siglo XXI por acumular vivencias y estirar al máximo el chicle del vivir, banalizamos todo, comoditizamos la vida y dejamos de vivirla de verdad en pro de convertirnos en seres entumecidos que “consumen experiencias” sin ningún tipo de anclaje vital. 

Por norma general, el estado natural en la infancia suele ser el de la emoción, el de sentir ilusión por todo lo que pasa a nuestro alrededor; el mundo nos resulta un lugar sorprendente y que nos revela sorpresas de manera continua; nos ponemos muy contentos por ver a nuestros amigos, por recibir el cariño de nuestros padres, por ir al parque a jugar o cuando nos regalan eso que llevábamos tanto tiempo anhelando. En la otra cara de la misma moneda, durante la infancia también nos decepcionamos mucho cuando las cosas no son como las esperábamos; nos ponemos tristes porque terminan las vacaciones y los primos que viven fuera y a los que tantísimo queremos tienen que volver a su casa ubicada a más de 500 km de la nuestra. Nos deprimimos cuando descubrimos la verdad sobre la noche del 5 al 6 de enero y nos disgustamos si nos ponen para comer algo que no nos gusta. La infancia es intensa en su propia génesis; todo nos importa y, por lo tanto, todo nos afecta, tanto para bien como para mal. 

Según vamos creciendo, y en un afán por protegernos de lo vulnerables que nos hace sentir emoción por las cosas, nos empeñamos en creer que nada es tan importante, que nada nos afecta tanto, y en un acto que pensamos que nos hace más bien que mal, tiramos de ironía para protegernos de lo que acontece y aprendemos a que todo nos importe un pimiento. En esta lógica, terminamos por prohibirnos a nosotros mismos experimentar la vida, y se nos acaba olvidando que lo contrario del amor y de la plenitud no son el odio ni la tristeza, sino la apatía; anestesiarnos para la desilusión porque no somos capaces de tolerarla es el camino contrario a ser humanos (como verbo); quizá no suframos tanto con lo malo, pero seremos incapaces de apreciar y experimentar todo lo bueno que se nos ofrece en bandeja.

Ante este panorama de opuestos, quiero pensar que hay un margen intermedio entre vivir la vida como una tragedia griega (si no gano tanto, soy propietario de una vivienda de X metros cuadrados en Y barrio, me caso y tengo familia numerosa a tal edad soy un ser desdichado tirando su vida por la borday que ésta se convierta en puro trámite (los sentimientos son para los débiles, vestirse bien, una imposición del neoliberalismo, la religión es para lelos, las bodas para los ilusos y los niños y las relaciones sociales, un incordio). En el marco mental de la primera manera de vivir, somos saltamontes de objetivos vitales abocados al sufrimiento; en el marco de la segunda, todo de desliza en una vacía indiferencia carente de vida.

Tenemos, por una parte, esa obsesión por amontonar experiencias y, por la otra, la apatía, esa droga que nos auto recetamos para no sufrir con la decepción, y yo me pregunto si no estaremos perdiendo la hermosa capacidad de convivir con la frustración y con la certeza de que somos mortales. Aunque el ritmo diario se quiera imponer, abogo por rebelarnos, oponiéndonos a convertirnos en meros consumidores de experiencias y adueñándonos de nuestra vida tomando decisiones conscientes en el día a día; igual que el terrible término que tan interiorizado tenemos de “consumir contenidos” pone muy erróneamente al mismo nivel (de ahí su terribilidad) un álbum de Led Zeppelin, una película de Billy Wilder, una novela de Carmen Laforet, un vídeo en YouTube de un millonario que castea partidas de LoL y la biografía de un futbolista medio analfabeto que no ha cumplido los 30, el término “consumir experiencias” aplana nuestra vida y nos priva de apreciar los matices que nos ofrece la realidad, adormeciendo nuestros sentidos, eliminando capas de sensibilidad y elevando a la nada nuestra implicación en lo que vivimos porque ubica en el mismo estrato todo lo que acontece. 

Vivir a través de una pantalla no está exento de peligros, bien porque documentamos gráficamente tanto el momento exacto de la llegada al mundo de nuestros hijos como nuestro look de martes en un ascensor, bien porque “lo digital” nos permite leer, estudiar jardinería y física cuántica, hacer la compra, ganar dinero, perderlo en apuestas, ver series y pedir la cena, un taxi o una mascota sin movernos siquiera de postura. No perdamos nuestra capacidad de desplazarnos a los lugares para vivirlos y sentirlos, para contagiarnos de las atmósferas, diferenciar los matices, lo bueno de lo no tan bueno, lo valioso de lo baladí y, sobre todo, no caigamos en la trampa de ubicar toda vivencia al mismo nivel, porque es posible que un día nos arrepintamos de recordar que, en la neura por hacer acopio de “experiencias”, en nuestra escala de valores de comienzos de siglo valía lo mismo asistir al enésimo evento de apertura de un nuevo garito en la ciudad que un beso de buenas noches.

Yo, casi que prefiero vivir en analógico y saboreando un poco más.

Feliz sábado y a vivir despacio y de verdad,

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