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La llama(da)

A pesar de que el viento sur aún atice fuerte el Cantábrico, el otoño ha llegado al Refugio. Sin importar que todavía nos bañemos en el mar o nos paseemos en pantalón corto y tirantes, la luz del día va menguando a la par que aumentan las ganas de descorchar buenas botellas de tinto, prender velas y cocinar guisos con raudales de tiempo y cariño. Y aunque aún puedan quedar semanas para justificar su encendido, este marco mental y actitudinal no hacen sino acompañar la ensoñación de las chimeneas, nuestras protagonistas de hoy. 

El crepitar del fuego cautiva a la especie humana desde tiempos inmemoriales. A pesar de que ya no sea necesario prender una llama para preparar nuestras comidas ni calentar o iluminar los espacios que habitamos bajo el poder de la lumbre, el fuego, convertido en hoguera, barbacoa o chimenea, por citar algunas de sus formas, nos atrae magnéticamente hacia sí.  Esto que sugiero a continuación es un descarado tiro al aire sin rigor científico alguno, pero creo que parte de la fascinación que sentimos hoy en día por el fuego viene configurada en nuestro ADN o, al menos, marcada en las profundidades de nuestra compleja estructura cerebral.

El descubrimiento y la domesticación del fuego, un proceso que, supongo, duró cientos de miles de años, trajo consigo cambios que marcaron un antes y un después en la existencia humana. No me quiero imaginar cómo debía ser comerse un mamut crudo frente a la experiencia de degustarlo tras un vuelta y vuelta en el fuego. O lo que debieron de sentir nuestros ancestros al descubrir la posibilidad de arrimarse al calor de una hoguera cuando hacía un frío paralizante en el más despiadado de los inviernos, o al darse cuenta que era posible seguir vislumbrando nuestro entorno aunque hubiera caído la noche. En definitiva, la domesticación de esa masa de partículas de calor y luz debió de tener un impacto de proporciones infinitas no sólo en la esperanza de vida de nuestra especie, sino también en cómo los humanos experimentamos el mundo, y es por ello que pienso que, aunque ahora empleemos otras formas más sofisticadas de domesticación de la brasa para cubrir nuestras necesidades, el impacto del fuego fue tal que éste debió quedar grabado en las retinas y entrañas de nuestros antecesores y se ha ido pasando de una generación a otra hasta nuestros días. 

Quien haya observado una chimenea de leña encendida con un mínimo de atención, sabrá que se experimenta un hechizo sensorial parecido al que debieron de percibir los marineros de la Odisea cuando se acercaban a la Isla de las Sirenas. Es una energía visual que nace y baila ante nuestros ojos de manera caótica pero controlada. Un crepitar pausado que captan nuestros oídos y calma nuestro sistema nervioso. Es un aroma que evoca madera, bosque y hogar. Un calor envolvente que baña y mece nuestros cuerpos como nunca lo harán una estufa o un suelo radiante.

Es posible que haya quienes piensen que una chimenea de leña en el mundo moderno es un lujo o una extravagancia; es evidente que estas líneas de hoy no van para ellos. Para el resto, personas entusiastas y soñadoras que aman las chimeneas y acuden prestas a la llamada de la buena llama, hoy curamos una pequeña selección de chimeneas proyectadas durante las últimas décadas y que demuestran su poder como configuradoras del espacio y generadoras de confort y felicidad:

1 / Chimenea Polo (1960), José Antonio Coderch

Además de ser uno de los arquitectos más influyentes del siglo XX de la escuela de Barcelona, señalado por muchos como el artífice del renacimiento de la arquitectura española en la posguerra, Coderch también se aventuró con el rediseño de algunas piezas que eran conceptualmente inseparables de su arquitectura, como la lámpara DISA o la persiana Llambí.

En 1960, el Real Club de Polo de Barcelona, punto de encuentro de la alta sociedad barcelonesa por aquel entonces, encargó a Coderch la remodelación de sus instalaciones. Inspirado por las masías catalanas en las que el fuego encendido sobre el propio suelo marcaba el foco de atención y reunión de las familias, Coderch diseñó una gran chimenea de chapa de acero pintada de negro compuesta por una campana rematada por un tubo de base rectangular y parrilla suspendida con el cubo de cenizas apoyado sobre el suelo. Debido a su éxito, a la Polo G. le siguió la Polo P., una versión de dimensiones más reducidas que permitía introducirla en espacios domésticos, como la Casa Senillosa de Cadaqués (en la primera fotografía, también está la lámpara de techo DISA, y la lámpara de pie Akari 10A, de Noguchi):

Chimenea Polo, de José Antonio Coderch, en Casa Senillosa (Cadaqués). Autor: Francesc Catalá-Roca.
Chimenea Polo en la presentación de la alfombra Estambul de Javier Mariscal, editada por Nanimarquina. Autor: Desconocido.

Hoy en día la sigue editando DAE.

2 / Chimeneas 1 y 2 de la Casa Schindler (1922), Rudolf Schindler

En el contexto de la historia de la arquitectura se puede entender la figura de Rudolf Schindler, el vienés migrado a California y formado junto a Adolf Loos (en su Austria natal) y Frank Lloyd Wright (durante su etapa en Chicago), como una bisagra entre la arquitectura orgánica que representó Wright (importancia del contexto y el uso de materiales locales), y el Movimiento Moderno de principios del siglo XX (liberación de las paredes de carga para proyectar espacios diáfanos).

La casa-estudio que proyectó Schindler en Hollywood en 1922, por lo tanto, no podía sino representar un punto de encuentro de lo mejor de ambos movimientos, como el uso de materiales nobles y una clara conexión interior y exterior. Proyectada para vivir y trabajar en la misma, fue concebida para ser habitada por dos familias de manera simultánea; durante una primera etapa, los Schindler compartieron morada con los Chace y luego con la familia del también arquitecto austríaco Richard Neutra.

Fruto de esta singularidad, el conjunto no cuenta con una, sino con dos chimeneas maravillosas:

  • La chimenea de hormigón con fuego sobre el suelo de este cuarto de estar rodeado de paneles de vidrio abiertos al exterior que nos hace soñar infinito y viajar a Japón sin salir de Hollywood:
Chimenea 1, Schindler House, California, 1922. Autor: Desconocido.
  • En el otro ala, un salón presidido por una chimenea con tubo de latón en forma de uve junto a una pequeña biblioteca. ¿Alguien de más?
Chimenea 2, Schindler House, California, 1922. Autor: Desconocido.

3 / Chimenea de la casa de verano (1937), Gunnar Asplund

Nacido en Suecia en 1885, su obra refleja el cambio de siglo de manera rotunda, empezando por el neoclasicismo nórdico para terminar con la arquitectura racionalista de mediados del siglo XX. Conocido, entre otras obras, por la espléndida Biblioteca Pública de Estocolmo protagonizada por un núcleo cilíndrico, hoy ponemos el foco en la casa que construyó para su escaso tiempo libre en Stennäs, a 50 kilómetros al sur de Estocolmo. Ejemplo de confort, sencillez y funcionalidad, una de sus fachadas se orienta a un acantilado y otra, hacia una bahía, adaptándose a la topografía extendiendo su única planta en 4 niveles diferentes. A pesar de estar rodeada de naturaleza, en su blanco interior, sin embargo, la gran protagonista es una chimenea de forma curva y dimensiones sorprendentes construida directamente sobre las escaleras de ladrillo rojo:

Chimenea de la casa de verano de Gunnar Asplund, Stennäs, Suecia, 1937. Autor: Desconocido.
Chimenea de Gunnar Asplund, construida en 1937. Autor: Desconocido.

Aunque el señor Asplund falleció tan solo tres años más tarde y no pudo disfrutarla mucho, parece que su familia sigue habitando la casa y la chimenea se encuentra en perfecto estado.

4 / Chimenea del ático TriBeCa (2015), Tatsuro Miki y Axel Vervoordt

Cuando el pentaestrellado hotel neoyorkino Greenwich, propiedad de Robert de Niro, encargó al arquitecto japonés Tatsuro Miki y al diseñador belga Axel Vervoordt diseñar el interior del espacio TriBeCa, uno de los tres áticos de más de 600m2 que coronan el edificio que alberga el hotel y que puede reservarse a partir de unos modestos 18.000$, podía intuirse que la entrega de esta particular dupla creativa nos haría soñar. ¿El resultado? Un espacio lujoso pero alejado de la opulencia y del brillo que pueden esperarse en la Gran Manzana, cargado de intencionada imperfección y tonos sutiles. Y, ¿qué no podía faltar? Por supuesto, una maravillosa chimenea de hormigón y piedra de líneas suaves para quedarse a vivir:

Chimenea en la TriBeCa penthouse, por Tatsuro Miki y Axel Vervoordt. Fotografía: The Greenwich hotel.
Detalle de la chimenea de Miki y Vervoordt. Fotografía: The Greenwich hotel.

5 / Chimenea tímida de Topografías del placer (2020), Lorna de Santos

Casa Decor es una de las citas por excelencia en el panorama del interiorismo español; en la edición tardíamente celebrada en 2020 debido a la pandemia, la joven arquitecta madrileña Lorna de Santos se alzaba con el premio por el mejor proyecto de la edición gracias a su salón de estar “Topografías del placer”, un homenaje a los espacios wabi proyectados para agudizar los sentidos; un árbol que brota del alféizar, paredes y techos texturados a partir de cemento y desechos marinos de Galicia, tejidos naturales y tonos neutros, todos listos para hacer a nuestro espíritu sentirse vivo y en paz. Y, sí, aunque me temo que no es de leña, una sutil chimenea apoyada sobre una rodaja de madera sin tratar que surge del tabique curvo como una hoja que se abre para revelarnos la calidez que esconde más allá de sí misma; pura poesía:

Topografías del placer, de Lorna Santos, en Casa Decor 2020. Fotografía: Nacho Uribe.

Aunque hoy se avecinen veintitantos grados y no sea necesario calentar nuestras casas, espero que esta pequeña selección os caliente aunque sea un poquito el corazón y os ponga en espíritu de disfrute.

Feliz domingo, atended la llamada de alguien a quien queráis y no juguéis con fuego,

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