By

Sustancia

Aprender a ver la sustancia. Autor: Desconocido.

Hace poco me voló la cabeza leyendo un brevísimo ensayo de Paul Graham; venía a decir que, fruto del desarrollo tecnológico, en un futuro no tan lejano clasificaremos a los miembros de la especie humana entre aquellos que sepan escribir y los que no. Insistía en que en el pasado ya ha habido tecnologías que han sustituido nuestras habilidades y que el mundo no ha dejado de girar por ello, y ponía como ejemplo el caso de la fuerza física. Hace no tanto, los humanos fortalecíamos nuestro cuerpo a través del trabajo: para sobrevivir, teníamos que arar, transportar cargas para construir nuestras casas o movernos de un lado a otro con nuestras piernas, pero inventamos máquinas que podían quitarnos esos grandes esfuerzos y dejamos de trabajar nuestros músculos por el mero hecho de que no quedaba otra para desenvolverse en el mundo. A partir de ahí, estar fuerte pasó a ser una decisión individual (ejemplo: quiero tener fuerza, así que entreno para estar fuerte), pero no un requerimiento para la vida. Hilando todo lo anterior, el ensayo se aventuraba a defender que en el futuro escribirá quien decida ejercitar la escritura, pero que trabajar en una oficina o comunicarse con nuestros iguales no implicará tener que saber escribir.

Más allá de que las máquinas puedan sustituir nuestras aptitudes para el trabajo, creo que el problema aquí radica en que escribir es pensar. Escribir ayuda a ordenar las ideas como no lo hace ninguna otra herramienta o técnica. Y si dejamos de pensar, de cuestionarnos las cosas, ¿perderemos parte de lo que es ser persona?

Japón es siempre fuente de inspiración para estas líneas; en una de las lecturas de 2024, leí por primera vez sobre el Otsu-e, la pintura japonesa popular sin autoría atribuida. En los tiempos donde triunfa eso que llamamos marca personal (terrible) y se nos anima a dejar nuestra impronta hasta en el CO2 que expulsamos, me parece fascinante aprender sobre artistas que producen sin firmar. ¿Cuál es su motivación? ¿El sustento para vivir? ¿La satisfacción de crear? ¿Alguna otra razón difícil de intuir?

El protagonista (casualidad, también japonés) de la deliciosa Perfect days, a ojos del prisma occidental todo un pringado, es uno de los personajes que nos ha regalado el cine que mejor buen rollo y satisfacción con su vida transmite. Durante su jornada laboral, deja nítidos como un quirófano los curiosos baños públicos de la ciudad de Tokio. Fuera de esas horas, Hirayama fluye entre lecturas de clásicos, casetes de Lou Reed, The Velvet Underground y Nina Simone y el revelado de sus fotografías komorebi. Un hombre aparentemente anodino, con una extraordinaria sensibilidad y capacidad para encontrar el gozo en el hecho de estar vivo. ¿Su mantra? Next time is next time. Now is now (algo como La próxima vez es la próxima vez. Ahora es ahora). Si tenéis un mal día, poneos esta película y le dais la vuelta a lo que sea que os esté atormentando.

Hirayama, protagonista de Perfect Days, de Wim Wenders. Fotograma de la película.

¿Se puede ser profundamente auténtico y vivir sin buscar la aprobación del resto, sin firmar aquello que hacemos? ¿Y qué es ser auténtico? ¿Esencia y fidelidad a la misma? ¿La búsqueda de lo que queda cuando todo se ha eliminado y actuar siendo coherentes con ello? Pero ¿qué hay más humano que ser incoherentes? ¿Es la coherencia una invención nuestra? ¿O existe la coherencia en la naturaleza? ¿Van entonces la incoherencia y la autenticidad de la mano?

Si repasamos nuestra historia reciente, parece lógico pensar que para hacer crecer negocios e instaurarlos en diferentes puntos del planeta era necesario establecer unos mínimos criterios comunes de funcionamiento, porque si se dejaba a cada cual ir a su rollo y que el tema fluyera así en Hong Kong como en Bolivia a gusto y criterio de cada cual, no podía haber cuenta de resultados global que cuadrase. Fruto de ello, hemos ido tendiendo a la optimización (de procesos) y la uniformidad (operativa y de pensamiento) hasta el punto en que se han convertido en virtudes de nuestra cultura más allá de las fronteras de lo empresarial/organizativo. Decimos buscar lo auténtico, pero veneramos colectivamente los lugares comunes. Es evidente que protocolizar ha tenido su parte positiva para hacer crecer negocios a escala internacional, pero también es la raíz del estancamiento creativo que se percibe hoy en nuestra cultura.

En esta búsqueda de la fórmula de la Coca-Cola, los guionistas reciben instrucciones sobre la duración de las películas que han de inventar, el número y la cadencia de besos que puede haber en pantalla e, incluso, se les dice que han de pensar en tramas que el espectador pueda seguir sin prestar atención a la cinta. Las canciones que genera Spotify con IA se crean a partir de datos sobre qué se está escuchando más, qué es lo que más se comparte o las voces que más gustan, tratando de dar con una falsa “receta del éxito” para repetirla hasta el agotamiento (lo mismo está ocurriendo con los libros). En definitiva, y en palabras de The Metropolitan Review, “en la categoría de la “alta cultura”, los grandes editores, las grandes productoras y las grandes discográficas ya no pueden abastecernos con el alimento artístico que dimos por hecho durante el siglo XX”.

La creatividad deja de ser creativa cuando se comoditiza. Además, dado que nuestras herramientas principales de descubrimiento son los propios algoritmos que dictan la distribución de los contenidos, cada vez es más complicado dar con películas, libros, canciones, destinos, ideas o autores “con sustancia” que merezcan realmente nuestra atención y, en consecuencia, habitamos una cultura plana, sin vértices ni fricciones, en la que todos vamos a las mismas fuentes y la autenticidad es marginal.

Fruto de todo ello, la producción cultural que nos acaba llegando es, en general, cutre, insustancial y fomenta la podredumbre mental, como las galas de año nuevo de cualquier cadena que se precie (guiones robóticos y pomposos, escenarios soviéticos y actuaciones en los que el playback lo catan hasta en Plutón), o los vídeos de veganos haciendo embutido con su propia sangre.

¿Más ejemplos de cómo la falta de sustancia ha inundado múltiples esferas de nuestro tiempo?

  • COMER: Los restaurantes con cartas que no tienen fin; imposible que todo eso sepa rico y sea bueno.
  • COMUNICAR: La publicidad institucional que contamina nuestras calles y pantallas; si se gastan nuestro dinero en ella, por lo menos que tengan algo con chicha que decir y que entren sin hacer daño al ojo y al cerebro. Si revisamos cualquier nota de prensa de ayuntamiento u organización que se precie, seguro que entre las palabras utilizadas están: apuesta, estrategia, sostenibilidad, igualdad, progreso, desarrollo, diversidad. Cuando todo el mundo dice lo mismo, en realidad nadie dice nada.
  • HABITAR: Las casas que el día de la mudanza ya están “decoradas”; o son página del catálogo de Ikea, o una carpeta de Pinterest, pero no pueden ser hogar.
  • HABLAR (por hablar): Cualquier discurso de Pedro Sánchez, Mark Zuckerberg, los representantes sindicales y los futbolistas. No hay sustancia en ninguno.
  • LEER: Los libros de empresa. También los de autoayuda. Y los post/artículos/demases con pretensiones de gurú y títulos que empiezan con un “Cómo conseguir…”. También entran aquí la mayoría de pseudo informes de tendencias que no hacen sino hacer más grande el fondo de la escombrera informativa.
  • OPINAR: Quienes piensan que su opinión sobre cualquier tema es necesaria para un mundo mejor, y quienes repiten frases que han escuchado o leído a otros sin poner filtro alguno, tipo “Epicteto es Dios”, “Los coches eléctricos han llegado para quedarse” o “Si miras el móvil antes de dormir, la luz azul te matará antes de los 40”.
  • VIAJAR: Los lugares con encanto que lo pierden según se llenan de gente que quiere una foto y decir “check, yo estuve ahí’. Lo mismo ocurre con coger un avión; hubo un tiempo en el que era una experiencia emocionante y en la que te sentías cuidado, elevado. Not anymore.

Lo que tiene sustancia emociona, activa o hace pensar, como una gilda bien preparada, el museo Louisiana en Dinamarca, ir a un concierto o al teatro, leer a Carmen Laforet, a Joan Didion (quienes tienen el don de tratar con ligereza temas con mucho peso) o a Martin Weigel, esto de Amaia, un plato cocinado a fuego lento, perderse en la naturaleza, mover el cuerpo, querer bien a otros seres, ayudar sin esperar nada a cambio, la creatividad de cuando no había algoritmos, o los refugios de montaña en Dolomitas donde te sirven huevos con speck a 2.500 metros, una maravillosa sustancia que, sí, alimenta cuerpo y espíritu.

¿Cómo podemos encontrar la sustancia? ¿Y ser nosotros mismos sustancia y crear con sustancia? Yo no tengo respuestas; si las tuviera, mi cuenta bancaria tendría muchos ceros, que no es el caso. Pero buscar más allá de lo obvio, perderse en los límites, hacerse preguntas, debatir, permitirse cambiar de opinión, admitir nuestras equivocaciones, no tener reparos en llamar a las cosas por su nombre y señalar lo que no funciona, me parecen buenos caminos en nuestra particular búsqueda de la sustancia. Yo, por si acaso, no dejaré de escribir, que es mi manera de daros la lata, emocionarme, activarme y pensar. De ser un poco Hirayama y recordarme que ser persona y estar hoy y aquí, dándole al botón de enviar, es un regalo infinito.

Feliz domingo,

Deja un comentario