
Hoy no es domingo, sino lunes, y estas líneas no empiezan con el habitual saludo, porque hoy es una día especial.
El 17 de febrero de 2008 era domingo y yo estaba a 500 km de casa. Tal día se fue de la realidad física, que es a veces la única que llegamos a conocer, uno de los pilares de mi vida. Uno de los culpables de que yo exista. El 50% de mi ADN. Una de las pocas personas que he amado, y siempre amaré, sin cálculos ni prudencias, que es como se quiere de verdad.
El 17 de febrero de hace 17 años perdí a mi padre. Yo tenía 18 años y el mundo que yo conocía se derrumbó y esfumó para siempre.
Uno de los pocos miedos con los que crecí (luego vinieron otros) era, precisamente, perder a mi padre o a mi madre. Me parecía que eso era lo peor que podía pasarme en la vida e intentaba alejar de mi cabeza cualquier pensamiento sobre el tema. Los dos niños de clase a los que les había pasado eso me daban una pena infinita. Más por curiosidad que por empatía, en mi fuero interno yo intentaba ponerme en su lugar para intentar entender qué debían de sentir y cómo era posible que siguieran levantándose, yendo a clase, entrenando, jugando, marchándose de colonias y celebrando cumpleaños. Me preguntaba cómo era posible que fueran capaces de sonreír, de continuar con sus vidas, después de eso.
Detrás de ese ejercicio de intentar comprender qué pasaba por sus cabezas, y aunque yo por aquel entonces no tenía la capacidad metacognitiva necesaria para ser consciente de ello, creo que también había algo tan humano como tratar de prepararnos para lo peor para que, el día que llegue, el tsunami no nos arrastre consigo. Que la desgracia no nos pille con el carrito del helado, con las zapatillas sin atar o la cama sin hacer. Y vaya una pérdida de tiempo porque, tal y como aprendí después, no hay nada que pueda hacer mullida la caída al vacío.
Al día en que aquello que siempre tanto temí finalmente sucedió le sucedieron días que recuerdo como una ensoñación, y eso que no tomé, ni entonces ni más adelante, un solo analgésico. De repente estás rodeado de gente que aparece hasta debajo de las alfombras, al día le faltan horas para dar tantos abrazos y recibir tantos pésames de pobres personas incómodas que no saben qué decir y a quienes acabas consolando más que al revés. No es que tú seas más fuerte que ellos, y que por eso no sueltas una lágrima, ni mucho menos; hay que ser muy fuerte para llorar en público. Es que esas personas a quienes estás consolando el día del funeral de tu padre son conscientes de lo que ha pasado. Tu, sin embargo, eres un pececillo que se deja arrastrar por la corriente de los acontecimientos y no atisbas si quiera a intuir lo que ha sucedido. Aún no conoces el significado de perder.
En esos días de neblina justo después de que ocurra eso, tienes que tomar decisiones sobre temas que jamás has formulado, como qué poner en el epitafio de tu padre que se ha marchado sin cumplir los 50, la tipografía y el idioma de dicho epitafio, si va en minúscula o mayúscula, si va a tener o no fotografía o cuál será el lugar en el que se colocará. Tienes que firmar un montón de papeles y decidir con el cura cuáles serán las lecturas de la misa por el funeral. Tienes que decidir si sales a hablar o leer algo o no quieres ni aparecer. Tienes que decidir si después de dicha misa te vas a tomar algo con tus amigos, te vas con tu familia o prefieres que, por un momento, te trague la tierra y no tengas que decidir nada más, por los tiempos de los tiempos, amén.
Pasan las horas y los días y, de repente, la cruda realidad. Tienes que seguir levantándote, desayunando, duchándote, vistiéndote, pero él ya no está. Ya no oyes desde la cama la radio de la cocina mientras él desayuna. Ya no hueles el pan tostado solamente como él lo tuesta. Como todo lo que aporta y nos mueve, no somos conscientes de ello hasta que se desvanece y pasa a ser memoria. Cada uno de nosotros creamos a nuestro paso una música única mediante nuestros tics, hábitos y manías. Revelamos nuestro ser con la cadencia de los golpes del tenedor contra el bol mientras batimos unos huevos o en la manera en la que las suelas de nuestros zapatos pisan la calle mientras vamos de un lado a otro. En lo más anodino, en lo desapercibido, resplandece nuestra autenticidad, pura, sin ediciones ni retoques. La melodía de mi padre, o esa que soy capaz de recordar, eran los sonidos rítmicos del agua contra la loza del lavabo mientras se lavaba la cara por la mañana, la manera en la que, cuando era niña y salía de la ducha, me envolvía en la toalla y me decía “ya estás más fresca que una lechuga”, sus gritos de ánimo y orgullo en mis competiciones de rítmica, o el girar de las llaves que te decía, sin decir, que quien volvía a casa era él y no otra persona. Ese girar de llaves chivato pasa a ser memoria, y cuánto empiezas a echar de menos ese dichoso girar de llaves que nunca habías agradecido, y no te lo perdonas.
Siguen pasando los días, las semanas, y llegan el enfado y la incomprensión. ¿Por qué? ¿Por qué él? ¿Por qué tan joven, si su padre se fue pasados los 90, si no fumaba, no bebía, no paraba de moverse y pensar en el resto? ¿Por qué él, si el mundo está lleno de indeseables que merecen lo peor? Y ese enfado te corroe, todo te parece injusto y empiezas a sentirte víctima, inferior al resto, menos valiosa que los demás. Te enfadas con quienes hablan mal de sus padres y no quieren pasar tiempo con ellos, con quienes se avergüenzan de quienes les trajeron al mundo. No te entra en la cabeza que no sean capaces de valorar lo que tienen cuando tu darías tu vida por un sólo abrazo más.
El tic-tac del tiempo avanza impasible y, como no queda otra, todos en casa somos capaces de volver a funcionar, de levantarnos, ir a clase y entrenar, como hicieron en su día los dos niños del cole que perdieron a sus padres, que ya pasaron por eso. Pero no te permites disfrutar ni pasarlo bien, ¿cómo vas a hacerlo, si él ya no está y nada de esto tiene sentido? El cinismo acompaña la búsqueda de respuestas, de tratar de descubrir si tuvimos culpa de lo que pasó o de si podríamos haber hecho algo de otra manera para que aquel 17 de febrero de 2008 nunca hubiera acontecido como aconteció.
Sientes el abismo; te das cuenta de que, hasta entonces, tenías, ante todo lo que tuvieras que enfrentar, la protección, la barrera de tu padre y de tu madre. Cuando falta uno de ellos, esa barrera se quiebra y ya no tienes colchón. Te haces adulto de golpe y sin aviso. “El dolor nunca se va, pero se aprende a vivir con él”, me dijo a los pocos días de volver al colegio mayor de Barcelona, donde yo vivía entonces, su directora, que me sacaba varias décadas y había pasado por aquello años antes. Nunca he olvidado esta verdad tan absoluta.
El año que viene, si llega (doy pocas cosas por hecho), marcará el momento en el que habré pasado más tiempo de mi vida sin mi padre que con él. En estos 6.210 días, no ha habido uno solo en el que no le haya pensado mañana, día y noche, en el que no me haya repetido su nombre decenas de veces, en el que no le haya sentido cerca, en el que no le haya preguntado cosas y pedido consejo. Con excepciones, hoy soy capaz de recordarle con una sonrisa interna y sin que broten lágrimas que manan sin freno. De seguir trabajando en ser esa persona que mi madre y él me inculcaron ser. Y soy capaz de sentir con fuerza ese hilo dorado que nos une a quienes hemos querido de verdad, aunque sus cuerpos ya no podamos verlos ni tocarlos.
Tal y como me avisó aquella sabia mujer, el tiempo me ha enseñado a lidiar con el dolor de la pérdida. Y también que no hay nada que pueda prepararnos para la pérdida que la pérdida misma. Los intentos de prepararnos mentalmente para lo peor, de fabricar un escudo para cuando vengan mal dadas y aquello que tememos, simplemente se de, son vanos y no hacen sino distraernos y oscurecer nuestros días.
Amar de verdad es un regalo sinfín que te hace sentir que esas manos que te agarran e indican que todo está bien, no son memoria sino presente. Aunque ya no estén, esas manos se quedan contigo para siempre. Perder significa haber sido afortunado, haber conocido lo más bonito, haber conocido el querer. Querer, querer de verdad, supone aceptar que antes o después vamos a perder, pero es que una vida sin querer de esa manera es infinitamente peor que perder.
Eskerrik asko, aita, por acompañarme siempre.
Izugarri maite zaitut.
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