
LA REFLEXIÓN
¿Cuántas veces hemos escuchado o leído que es el amor lo que hace que el mundo gire? Gracias a Dios, el planeta Tierra no necesita de nosotros (ni, mucho menos, de nuestro amor) para seguir girando sobre su propio eje; si así fuera, el game over hubiera llegado hace tiempo y este refugio de palabras nunca hubiera visto la luz.
Más allá de que el planeta sea autónomo para seguir dando vueltas, en un sentido menos literal, creo que son las promesas y la seducción, más que el amor, las que hacen que los humanos sigamos girando a nuestra manera: buscando sustento, cobijo, placer o consuelo.
¿Crisis de los 30? ¿Los 40? ¿Los 50? Si usas tal sérum todas las noches, te pones unas gafas de color naranja para los vicios de Netflix y una máscara de infrarrojos como la de DiCaprio en El hombre de la máscara de hierro antes de salir de casa mientras te tomas un zumo de colágeno y vitaminas A, C y K, en un mes te habrás quitado 15 años de encima; la promesa de la juventud.
¿Te gusta conducir? Deja de soñar, haz que ese coche, que ahora además viene con renting, por fin sea tuyo y deja de sentirte un don nadie; la promesa del status y de la libertad.
¿Corres?¿Nadas? ¿Cabalgas sobre dos ruedas los fines de semana? ¿No sabes vivir sin retos? Entrena como un animal y sé uno de los elegidos para la IronPumpChallenger, la triatlón más extrema del planeta, que te llevará al límite por cinco continentes; la promesa de la superación.
¿Estresado? ¿Agobiada? ¿Niebla mental? Recupera el control y reduce la inflamación en un hotel wellness en un paraje idílico con terapia holística supervisada por científicos de renombre mundial en el que resetearás cuerpo, mente, alma y cuenta bancaria; la promesa del bienestar.
¿Harto de madrugar para trabajar, tener que pensártelo bien antes de gastar y sentir que nada es suficiente? No te pierdas el exclusivo webinar en el que te contaré cómo pasé de no tener un duro a vivir donde y como quiero, sin ser preso de una oficina ni rendir cuentas a nadie, gracias a mis agallas y olfato killer haciendo inversiones cripto; la promesa de la riqueza material.
Sean cuales sean nuestras carencias e inseguridades, ante tales promesas de acabar con ellas, un día nos dejamos seducir, decidimos pagar por los remedios que nos ofrecen y, al margen de una breve emoción inicial… terminamos dándonos de bruces con el vacío que ya sentíamos, y con unos pocos dineros menos en nuestro IBAN. El problema de las promesas es que actúan sobre la superficie de los problemas, por lo que, más pronto que tarde, suelen ir acompañadas de la decepción.
Las promesas nos enfocan en lo que no tenemos y pueden hacernos sentir desdichados. Quiero el afecto permanente de la familia perfecta, pero también la libertad del soltero de oro. Quiero un trabajo que me brinde muchos ceros (a la derecha), pero también la vida bucólica de despertar sin reloj, cultivar mi huerta por las mañanas y hacer cerámica por las tardes, porque es que yo soy sensible y muy creativa… El foco, la atención y las energías siempre en todo lo que tengan los demás, nunca en lo que ya tengo o soy yo.
Guiarse por las promesas nos hace insaciables; siempre queremos más, y más, y más para tratar, en vano, de llenar ese vacío que todos hemos sentido alguna vez. Por benevolente e inofensiva que se muestre, la corriente healthy del mindfulness, el yoga o la meditación no deja de ser otra promesa. En este caso, la promesa de vivir en el presente.
El año pasado, después de una época un tanto oscura en la que la ansiedad me llegó a resultar titánica, decidí darle otra oportunidad al tema y me apunté a clases de meditación. Sin grandes expectativas, ahí iba yo cada jueves por la tarde durante hora y media a una sala de techos altos, paredes blancas y suelos de madera, con otras personas de lo más variopintas que hablaban bajito y un profesor la mar de majo. Salía de cada sesión sintiendo mucha paz, aunque hubiera días en los que llegaba a temer por mi integridad física, porque de tan relajada que estaba, corría el riesgo de dormirme y saludar al suelo con mi cara. El tema se me empezó a pasar de místico cuando, meditando de pie (!), nos pidieron que lo soltáramos todo, los brazos, las manos, la tensión, el control, la voz y, de repente, me vi rodeada de personas con los ojos cerrados, agitando los brazos como un pulpo que ha desayunado speed y soltando rítmicos rugidos chamánicos mientras yo miraba alrededor tapándome la cara con la sudadera para no morir de risa y me preguntaba si aquello era en serio. Me duró tres meses lo de los jueves por la tarde.
Si hasta esto de emular al Buda resulta frustrante, ¿quizá existan maneras menos rimbombantes y más de andar por casa de vivir con más intención? ¿Por qué no apreciar lo que ya tenemos en lugar de centrarnos en las promesas de lo que podríamos llegar a tener?
Las promesas son algo exógeno; vienen de fuera y su cumplimiento depende de cosas que no están bajo nuestro control. Sin embargo, apreciar es algo que nace en nuestro interior, algo que San Agustín, que menuda razón tenía el santo, ya pregonó hace 1.600 años. Apreciar lo que somos y tenemos depende únicamente de uno mismo; no queda en manos del azar ni de las circunstancias que nos rodeen. Tampoco cuesta dinero.
En mi experiencia, apreciar nos ancla al presente más que cualquier retiro espiritual, los oooommmmmm grupales y los namastés. Y apreciar pasa necesariamente por ser conscientes de lo que tenemos y ser agradecidos con ello; el plato de comida que tenemos en la mesa y no llega por arte de magia, el grifo que abrimos varias veces al día y nos da agua fresca para vivir, esas personas especiales, amigos y familia, que nos quieren y apoyan aunque tomemos la peor decisión del mundo, ese trabajo que paga nuestros hobbies, necesidades y comodidades o ese mar, ese campo o esa montaña que nos aportan calma cuando estamos tristes o agitados.
Apreciar estas cosas, personas y momentos reordena nuestra escala de valores y nos recuerda que no es necesario tener lo que tiene el resto para ser completos y estar en paz con nosotros mismos. Así, he empezado a darme cuenta de que yo no quiero la promesa de la vida eterna; quiero no dar por hecho nada ni a nadie en la vida que tengo ahora.
Feliz domingo.
EL REFUGIO DE MARZO

La cabaña de Martin Heiddeger, uno de los padres de la fenomenología, la rama de la filosofía que trata de comprender y explicar cómo los humanos experimentamos nuestro entorno.
Construida en los años 20 del siglo pasado, la cabaña la ideó su mujer Elfride y goza de una ubicación estratégica sobre una colina con vistas a los Alpes.
Todtnauberg, Selva Negra (Alemania).

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