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Celebrar

LA REFLEXIÓN

Este mes cumplo años; si llego a mediados de abril, celebraré 36 primaveras. Ante esta cifra, quien no me conoce puede visualizarme bien como una joven con un prometedor futuro por delante, bien como una señora que camina agachada, a la que se le han escapado sus mejores años y debería estar pensando en cómo pasar los últimos días de su vida. Y entre lo uno y lo otro, yo me pregunto qué me parece esto del paso del tiempo y cumplir años, porque en realidad me obsesiona más llenar de vida cada día que cualquier cifra que figure en mi DNI. El estado vital versus los números.

Sin desmerecer los méritos de los inteligentísimos y talentosos integrantes de los Forbes 40 under 40, ¿dónde están los listados de esas personas que se jubilaron y publicaron una novela, abrieron la cafetería de sus sueños con libros y revistas, hicieron una película, dieron la vuelta al mundo con mochila o aprendieron a pilotar una avioneta? Ante lo fast y precoz, una mirada serena y, sobre todo, una ilusión sin fisuras.

Pienso que hay un valor incalculable en cumplir años y en hacerlo con dignidad. En ignorar esa barrera de la que muchos hablan, a partir de la cual todo se pone cuesta abajo, por los tiempos de los tiempos, y pensar que el paso del tiempo nos puede hacer vivir cada vez mejor, con más aplomo, con mucha más paz.

El mundo está patas arriba y con la cabeza del revés. Las cosas pintan oscuras pero, ¿es que alguna vez no ha sido así? Idealizamos ciertos tiempos, pero no es difícil dar con relatos apocalípticos de hace 100 o 200 años y pensar que se han escrito anteayer. La realidad es un vaivén, una fluctuación de etapas en la que la desgracia se gesta silenciosamente en los años de bonanza, y el hilo de lo bueno que está por venir se empieza a urdir justo cuando parece que no hay salida posible.

Es habitual escuchar que habitamos la era del conocimiento (yo sigo sin entender qué significa esto), pero en esta época en la que no nos animan a hacernos buenas preguntas pero sí a buscar respuestas inmediatas a golpe de clic, el poder del desconocimiento puede tornarse infinito. No me entendáis mal; si un cirujano tiene que abrirme alguna parte del cuerpo, quiero que sepa tanto del tema que pueda hacerlo con los ojos cerrados, pero creo que este conocimiento sobre dónde y con qué presión tiene que apretar el bisturí le vendrá más de la experiencia que de haber absorbido libros o Google.

La historia de Jane Goodall refleja bien esto que quiero decir. Jane tenía 23 años cuando, sin tener siquiera el graduado escolar, fue fichada como secretaria por el renombrado antropólogo Louis Leakey que, por aquel 1957, era el director del Museo Coryndon de Nairobi, en Kenia. Leakey estaba convencido de que un estudio de larga duración sobre los chimpancés (el segundo primate más inteligente) podía dar muchas pistas sobre nuestra evolución, y encomendó dicha tarea a la joven Goodall, a pesar del recelo que esta elección causó en la comunidad científica. ¿Alguien sin formación?¿Mujer, además? Fin del mundo. Pero Louis Leakey estaba convencido de que tanto la personalidad de Jane como su mente libre de teoría podían ser muy beneficiosas para el estudio.

Por aquel entonces, la ciencia de la etología se basaba en estudios de corta duración con grandes equipos que practicaban la política de cero conexión emocional con los sujetos. Los científicos estaban convencidos de que los humanos éramos los únicos seres capaces de fabricar herramientas, que los chimpancés eran vegetarianos y que los animales no tenían carácter ni emociones.

Con su mente de principiante, Jane Goodall puenteó todas estas asunciones. A través de muchos años de convivencia con chimpancés y de establecer estrechos lazos con ellos, pudo observarlos muy de cerca y descubrir que cazaban y comían carne, por lo que no eran vegetarianos, sino omnívoros, y que utilizaban unas ramitas dobladas como herramienta para pinchar y comer termitas. También demostró que, además de personalidad y emociones, los chimpancés tenían comportamientos que hasta entonces se consideraban exclusivamente humanos, como la adopción de huérfanos, las relaciones familiares de larga duración, un idioma (compuesto por más de veinte sonidos) o la convivencia en complejas estructuras sociales que contaban con sus propios rituales. Con estos avances, Leakey declaró que:

“Ahora nos toca redefinir la herramienta, redefinir al ser humano, o aceptar a los chimpancés como humanos”.

La clave de esta historia es que Jane no descubrió todo esto gracias a una formación de élite o a una larga trayectoria profesional, sino a su observación atenta, sostenida y libre de prejuicios durante mucho tiempo.

Ahora que la información nos llega antes de que hayamos terminado de formular cualquier pregunta, tengo una neura con no caer en la tentación de pensar que tengo a mi alcance todas las respuestas; creer que lo sabemos todo es el mejor camino para estrechar nuestra mente y volvernos seres prepotentes y vacíos. La mente del principiante, por el contrario, nos invita a poner en práctica, siempre, una mirada abierta y curiosa, a observar todos los aspectos de nuestra vida con los ojos de quien los abre por primera vez. Es uno de los caminos a esa ilusión sin fisuras que abren las líneas de hoy.

Si observamos la mal bautizada era del conocimiento desde otro prisma, podemos aterrizar en el periodismo, un territorio que, con gran pena, hoy en día no goza de la mejor de las reputaciones. La RAE define el periodismo como la actividad profesional que consiste en la obtención, tratamiento, interpretación y difusión de informaciones a través de cualquier medio escrito, oral, visual o gráfico. Que la unidad para atraer la inversión de anunciantes (la base tradicional de financiación de medios) sea la cantidad de veces que alguien ha hecho clic en una noticia (alabar el gancho, el titular) y no el tiempo medio de visita (que alabaría la calidad del contenido, la mirada) nos dice mucho sobre cómo hemos hecho que funcionen las cosas. Si, fruto de este modelo, los presupuestos no dan ni para que los profesionales de la información salgan de sus cubículos a vivir los acontecimientos en primera persona y enfrentar lo que han acontecido a la luz de la duda ¿se puede seguir llamando periodismo? Recuerdo una sobremesa, hace años, en la que el ex director de un medio de comunicación tradicional que había abierto su propio medio digital comentaba que lo que más visitas tenía en su nuevo diario era la sección de chismorreos, y que era en la que estaba enfocado el trabajo de los becarios de su flamante proyecto con el objetivo de captar subvenciones y anunciantes. Yo, que era una auténtica doña nadie en aquella mesa, pensaba para mis adentros lo cretino que me parecía aquel señor que decía ser adalid de la información en este país y que en realidad no era sino otro engranaje más para seguir esparciendo al vacío porquería innecesaria.

Hay una línea, no sé si fina o gruesa, entre la promesa del conocimiento y el ruido ensordecedor de la información. Pienso que la objetividad en el periodismo es una farsa que no debe confundirse con el rigor, porque el periodismo es mirada. Está el relato de lo que nos cuentan, pero que algo tenga lógica no significa que sea veraz. Ni tampoco que lo que no nos cuenten sea falaz. En las noticias no hay una sección diaria para contarnos que el planeta sigue girando, pero es que la realidad es en gerundio y el planeta Tierra, mal que nos pese, siempre está girando.

Llevado esto a nuestras vidas, y de vuelta en la mente del principiante, ¿cómo crear espacios en nuestro día a día donde la duda y la sospecha sean no ya bienvenidas, sino abrazadas? ¿Hay alguna manera de provocar toparnos con lo que no sabemos, de posar la mirada en eso que no nos cuentan pero sí pasa, y pasa desapercibido? La mirada atenta e inocente que une puntos inconexos y traza territorios desconocidos porque desconoce que antes no se ha hecho; el poeta que ama la programación, la pianista fanática del motor, el barrendero apasionado de la física cuántica. Lo más interesante suele ocurrir en la intersección de aquello que tiene pocas probabilidades de darse. Ahí ocurre la magia, porque explorar lo que no nos es familiar nos hace olvidarnos de lo que creemos saber y nos lleva al punto cero de la mente del principiante, a la observación atenta y libre de prejuicios, a la ilusión sin fisuras, a un estado vital lo más vivo posible. Eso es lo que busco y celebro.

Celebro la ilusión de los comienzos y estar rodeada de apoyos cuando las cosas se encallan, porque siempre hay un momento en el que se encallan.

Celebro aceptar que el día tiene 24 horas y que esto nos obliga, a todos y sin excepción, a hacer elecciones sobre cómo deseamos vivirlas .

Celebro respetar la esencia humana, que hay días mejores que otros y esto le pasa hasta a tu peor enemigo.

Celebro la desobediencia y cada mínimo gesto de resistencia en la vida diaria como respuesta a que nos hagan pasar a todos por el mismo peaje.

Celebro huir de la complacencia y no cerrar nunca las puertas a la curiosidad.

Celebro que preparar gildas pueda ser una meditación cuyo mantra es aceituna, piparra, anchoa, anchoa, piparra, aceituna. Y así 10 o 10.000.

Celebro haber caído en que el truco es que no hay truco y que la constancia funciona mejor que la hipérbole.

Que la vida no va de más y más y más, sino de descubrir, equivocándote mucho, qué es mejor para ti.

Que el camino hacia eso no es nunca lineal, sino un tobogán que sube y baja.

Que hay que pasarlo muy bien.

Y que para cada cual esto puede significar cosas bien diferentes.

Celebro que lo contrario de la depresión no es la alegría, sino la expresión.

Que somos, en nuestras contradicciones.

Que algo popular no conlleva que sea bueno ni verdadero.

Y que respetar las normas pocas veces funciona.

Celebro que la vida son circunstancias, pero sobre todo, decisiones. Y ambas no están exentas de parentesco. Unas victimizan, las otras, empoderan.

Que nunca tendré un sofá ni un coche impolutos, porque la vida con perro me hace infinitamente más feliz que la vida con sofás y coches impolutos.

Celebro que profundidad y velocidad no vayan de la mano.

Que enriquecer y correr, tampoco.

Y haberme dado cuenta de ello.

Celebro todo esto porque no entiendo la celebración como derroche, sino como un espíritu, una actitud de tener muy presente que nada es para siempre, que todo es transitorio (incluso nosotros, por increíble que nos parezca) y que lo que sea que pienses que va a estar aquí mañana está sujeto a no estarlo: comer tortillas de patata poco cuajadas, esa montaña que quieres recorrer, el ser querido al que no escribes hoy porque ya lo harás mañana. Ese lugar que hoy es tranquilo y puede que mañana no sea ni tranquilo, ni lugar. Llegar a final de mes, a comienzo del día, dar saltos o palmas. La energía. La lucidez. El amor que tienes; todo es extraordinario.

Por todo ello, celebro ver el cumplir años como un regalo y un privilegio.

Un privilegio que aprecio, agradezco y quiero celebrar, no por todo lo alto, sino todos los días y con todo mi ser.

EL REFUGIO DE ABRIL

Este mes en el que ensalzamos la celebración podría haber optado por una casa de la época de Neutra, Eames y compañía en la que se hicieran fiestas durante los mejores años de Hollywood, pero mi amor por los parajes de Escocia es irracional y este refugio en mitad de ese maravilloso rincón del mundo me ha parecido idóneo para enfatizar el espíritu de la carta de hoy:

57 Nord, cerquita del castillo Eilean Donan y a un paso de la isla de Skye (Highlands, Escocia), es uno de los primeros alojamientos contemporáneos en la zona, una mirada actual, de la mano de la interiorista británica Suzi Lee, para disfrutar de la paz (y sin vecinos) en un entorno absolutamente privilegiado.

El nombre es un guiño a la ubicación, en el paralelo 57, y al pasado vikingo de la zona.

Si hay alguien generoso que aún no sabe qué regalarme, se lo acabo de poner en bandeja.

Prometo beber hasta whisky, si hace falta. 🙂

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