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El afuera, el adentro y Bawa

Boceto de Casa Ricart (2013), de los valencianos gradolí&sanz

Entre la gente que viene y va en el puerto una tarde de abril, una epifanía desde una ventana abierta de par en par de un primer piso me saca de mi ensimismamiento de mitad de semana. Es una rapsodia de Géza Anda. Dentro de la casa-bafle, pegadita a la ventana, hay una vecina ajena al trajín callejero, absolutamente inmersa en la melodía que truena desde el interior de su casa y peina toda la bahía. Me gusta el poder de esa señora, que luce bien de canas, para abstraerse de todo y gozar de lo que acontece en su entorno más inmediato. De hecho, me reconforta mucho ver a personas que han vivido unas cuantas décadas disfrutando ensimismadas con alguna actividad. Los veo como elegidos, pruebas vivientes, embajadores de que es posible vivir bonito y no dejarse con los años la alegría ni las ganas de aprender por el camino. Son las 19:40 y el sol, todavía alto, contornea los tejados de las casas del barrio de la Jarana. Apenas cuatrocientos metros más allá, la marea humana que coloniza el paseo de la Concha todos los veranos empieza a revelar sus intenciones para esta campaña. No es que tenga manía a los turistas; yo misma soy una cuando se presenta la ocasión, pero es inevitable no sentir cierta nostalgia al recordar los tiempos en los que era posible ir a comer sin reservar, ir a un museo sin hacer colas, se podía llamar local al comercio o simplemente colocar la toalla en la arena sin adivinar el desodorante del de al lado. La ciudad no se reducía a rankings de pintxos, fotos de la barandilla y reseñas de Google. La ciudad era del gentilicio, los donostiarras, más que del bullicio.

Durante los años de universidad y trabajos de becaria precaria, cuando todavía estaba tratando de superar el duelo por mi padre, paseaba mucho, más de lo que siempre había hecho. Caminar espanta los fantasmas y el movimiento hace que el cerebro se engrase. Entre runners y paseadores de perros, pensaba, y sigo pensando, que todo lo que no es verano es el mejor momento para disfrutar de la verdad de esta ciudad. Sin los clichés de las Michelín y la ciudad de postal, la verdadera esencia de San Sebastián se revela en los paseos de antes de cenar, cuando el sol se va despidiendo y el cielo se torna de colores. Era entonces cuando a mí me gustaba salir; supongo que me parecía mejor hacerlo sabiendo que era fácil no encontrarse con conocidos, por si me daba por llorar y no me apetecía dar explicaciones. Quería estar afuera, pero manteniendo intactas las fronteras del adentro. En esas tardes-noches, fantaseaba, mirando las ventanas que emitían luz bonita, que alguien rico a quien le sobraran casas nos regalaba una por nuestra cara bonita y buen corazón. No me llamaban la atención los metros cuadrados ni las vistas de película que me podía imaginar, sino el resplandor que daba luz a cálidas paredes de estanterías y algún que otro cuadro. Esa era mi idea de hogar, algo que veía imposible conseguir con nuestros sueldos quinientoseuristas, a pesar de las licenciaturas y de que lleváramos toda la vida escuchando que éramos la generación mejor preparada de la historia. ¿Preparados para qué?, me preguntaba yo. Con esas perspectivas, y viendo tan lejana la posibilidad de habitar un día nuestro propio espacio, conformarse con soñar uno me parecía un buen ejercicio de resignación.

En la muestra “Conviviendo”, organizada por el Instituto Vasco de Arquitectura y abierta al público hasta el uno de junio, se presentan dieciocho proyectos finalistas del Premio Europeo de Vivienda Colectiva; éstos se agrupan en torno a ocho momentos diferentes de la idea de habitar: Sostener, Cuidar, Proteger, Respirar, Nutrir, Mirar, Entrar y Encontrarse.

Empezamos a habitar antes que a respirar; habitamos tan pronto empezamos a formarnos en el interior de nuestra madre. Una vez salimos fuera y nos acostumbramos a no estar calentitos y a resguardo en el útero materno, aprendemos sobre la vida interactuando con lo que tenemos a nuestro alcance, construyendo cosas con las manos. Esto aplica a los que crecimos en los noventa y a los que llegaron anteayer. Suelta a una criatura en la playa y no tardará mucho en empezar a dar forma a la arena con sus manitas, a hacer montículos, castillos, túneles por los que el agua entra por un orificio y sale por el otro ante nuestro asombro por haber sido los artífices arquitectos de tal maravilla. Aunque todo esto no parezca más que un juego, es un proceso natural en nuestro desarrollo y revela mucho sobre cómo nos relacionamos con nuestro entorno.

Rescato la conversación entre el profesor Shunsuke Murai y el joven arquitecto Tôru Sakanishi en la deliciosa novela La casa de verano del japonés Masashi Matsuie:

(Profesor):

Lo que dejas en el umbral de la puerta son los muertos, todo lo que vive en las tinieblas de la noche, la lluvia y el viento, las tormentas, la luna, las estrellas: en resumen, la naturaleza. El hecho de que en el interior del ser humano nacieran los conceptos “dentro” y “fuera”, que surgiera una especie de conciencia de sí mismo, que fuera formándose el mundo del yo, creo que está conectado con el hecho de que empezáramos a construir nuestras casas con nuestras manos. (…) Cuando te hallas bajo la lluvia, bajo los rayos abrasadores del sol o te encuentras expuesto al fuerte viento, solo te centras en resistir. Pero si tienes una vivienda excavada, puedes permitirte dedicar tiempo, aunque solo sea un poco, a mirar hacia fuera o a contemplar, abstraído, el fuego. Es posible que fuera en esos momentos cuando se formó la mente humana. Nosotros, por el contrario, en cuanto llevamos tiempo en casa, no soportamos permanecer mucho tiempo dentro y queremos salir, andar por medio de la naturaleza, ver plantas y flores, ver el mar. Creo que eso muestra que la parte interior del hombre va por detrás y que todavía no es una construcción demasiado firme. El corazón del hombre no es lo suficientemente sólido como para que podamos vivir únicamente dentro de casa. Quizá sea la razón por la que a veces queremos encontrar fuera, y no en nuestro interior, algo que afecte a nuestra mente, a nuestro estado de ánimo.

(Sakanishi):

Cuando estoy aquí (en la casa de verano), siento que no me importaría quedarme dentro de esta casa para siempre.

(Profesor):

Eso es porque puedes ver las señales y los cambios de fuera. Pero si permanecieras un mes encerrado aquí, rodeado de nieve, por más que vieras el exterior, no podrías soportarlo. Acabarías sufriendo el “síndrome de la cabaña”.

El afuera y el adentro nos moldean mucho más de lo que pensamos. Conforman gran parte de nuestro marco mental, de esas gafas con las que miramos el mundo y juzgamos si nos identificamos con algo o no. También dan forma a nuestros valores, aquello por lo que juzgamos si lo que acontece lo podemos categorizar como bueno o malo. La dicotomía afuera-adentro dicta, en parte, cómo nos movemos, cómo nos relacionamos, cómo compramos o cómo disfrutamos. No tiene la misma idea del afuera-adentro alguien que vive en una aldea de pescadores en Ikaria y puede marcharse en bicicleta al mercado dejando abiertas todas las puertas y ventanas de su casa, que una madre de familia de clase media en Buenos Aires que se mueve en coche a todas partes y, sin darse cuenta, convierte su casa en una fortaleza para mantener protegidos a sus hijos, tal y como relata Margarita García Robayo en El afuera. No concibe igual el adentro-afuera quien pasa toda su jornada laboral en el salón o quien sale de casa a las 7:00 y no vuelve hasta pasadas las 21:00. No es lo mismo para quien vive en el sur de España y se puede pasar el fin de semana terraceado y viendo a gente que para el noruego que vive rodeado de nieve y oscuridad la mitad del año.

Nuestro adentro debería ser un lugar en el que ser más nosotros y, nuestras vidas, más nuestras que en ningún otro lugar. Un espacio en el que sostenernos, cuidarnos, protegernos, respirar, nutrirnos, mirar y mirarnos, entrar y encontrarnos – con nosotros mismos y con el otro – y hacerlo a nuestra manera. Un rincón del mundo que favorezca que lo cotidiano se convierta en ritual frente a la hipérbole, la agitación y la exageración que nos rodean. Un hogar digno que nos permita recargar hasta los topes las reservas de empatía, que la vida es un tablero y un día eres reina y al otro, peón. Y para todo ello es importante que un hogar nos proteja de las inclemencias del exterior, pero que, a su vez, no nos desconecte de ellas. Un lugar en el que estar muy a gusto, pero que nos anime a saber más sobre lo que ocurre en el afuera y nos empuje a adentrarnos en él.

Si llevamos esta idea al plano arquitectónico, hubo un arquitecto del siglo XX que jugó con maestría con los conceptos afuera-adentro, interior-exterior, hasta el punto de borrar sus fronteras. nació en Colombo en 1919 cuando Sri Lanka aún no existía y la isla era una colonia británica llamada Ceilán. Hoy se le considera el arquitecto más influyente de Sri Lanka, uno de los diseñadores asiáticos más importantes de su generación y uno de los padres de lo que más tarde se denominó modernismo tropical. Estudió derecho y ejerció la abogacía, pero pasada la treintena se dio cuenta de que lo suyo iba por otros derroteros y se licenció como arquitecto en la Architectural Association de Londres, con 38 años. En corto – porque la vida de este señor da para varias cartas – cuando volvió a Colombo, título en mano, empezó a trabajar con un pequeño grupo de artistas y diseñadores, que incluyó al artesano Ena de Silva – para quien construyó más de una vivienda – , a la diseñadora Barbara Sansoni – una prima lejana con sensibilidad y ojo para el color y el textil – y al artista Laki Senanayake. El objetivo de este primer estudio era encontrar una nueva arquitectura, moderna y vanguardista, pero basada en los materiales y la tradición constructiva de la isla, sin perder lo vernáculo. En 1959 se les unió el arquitecto danés Ulrik Plesner, quien aportó al mix, además de la experiencia técnica que le faltaba a Bawa, influencias escandinavas, que serían clave para el desarrollo de la filosofía de diseño de Bawa. Cuando Plesner volvió a Europa, Bawa se asoció durante dos décadas con el ingeniero tamil K Poologasundram.

Esta brevísima biografía explica una arquitectura que combinó modernidad y tradición, oriente y occidente y, sobre todo, rompió las barreras entre interior y exterior, construcción y paisajismo.

Una obra que, bajo mi punto de vista, recoge muy bien esta mezcolanza de supuestos opuestos es la casa 33rd lane. Al poco de volver de estudiar en Londres, Bawa alquiló en 1959 una pequeña cabaña, que formaba parte de un grupo de cuatro de ellas, ubicada en un callejón sin salida en la calle Bagatel de Colombo, y la convirtió en un pequeño apartamento para sí mismo con salón, una minúscula cocina y dos dormitorios. Para 1961 había conseguido convencer a su casero para comprarle no solo su apartamento alquilado, sino también la cabaña anexa, que juntó para crear un comedor, una sala de estar y un garaje. En 1968 se liberaron la tercera y cuarta cabañas del complejo, y también las adquirió en propiedad. La tercera cabaña la unió a lo que ya había construido para ampliar el dormitorio principal y crear un dormitorio de invitados (el tercer dormitorio era la habitación de su asistente, Miguel). La cuarta cabaña la derribó entera y, en su lugar, construyó una torre de cuatro plantas que pasó a ser el alma de la vivienda e incluía un garaje en la planta baja, una biblioteca en el primer piso, una logia en el segundo y una terraza en el último. La planta inicial conformada por lo que originalmente habían sido tres cabañas la transformó en un serpenteante pasillo en el que se sucedían pequeños patios, tal y como se puede apreciar en la sección como en la planta:

El progreso de 33rd lane se corresponde tanto con la evolución de la carrera profesional de Geoffrey Bawa como con el desarrollo de su filosofía sobre el espacio y los materiales como, por ejemplo, su gusto por recuperar elementos viejos de edificios de Sri Lanka y del sur de la India para incorporarlos con gracia y estilo a una composición en continuo cambio:

33rd lane / La puerta de acceso vista desde la calle
33rd lane / El pasillo principal visto desde el garaje
33rd lane / El pasillo principal con vista al patio con piscina
33rd lane / El patio de la piscina
33rd lane / Un pozo de luz
33rd lane / Escalera junto a una puerta de Ismeth Raheem
33rd lane / Porche principal
33rd lane / Salón de la primera planta del edificio torre
33rd lane / Sala de estar en el espacio que ocupó la primera cabaña
33rd lane / La terraza de la última planta del edificio torre, con sillas del arquitecto Anura Ratnavibhushana

Nota: todas las fotografías son del libro de David Robson “Geoffrey Bawa: Complete works”.

Es evidente que una propuesta de este tipo, tan ideal para un ambiente tropical (¿le recuerda a alguien a la tercera temporada de The White Lotus, en Tailandia?), sería complicada de adaptar a climas como el del norte de España, pero seguro que tratar de estar cerca del sol, de las nubes, de la lluvia, de las estrellas o del canto de los pájaros desde el confort de nuestros hogares, aunque sea a través de las ventanas o de un balconcito, ayuda a no olvidarnos de lo vivo que está el afuera y a convertirnos, dentro de muchos, pero muchos años, en personas mayores con mucha, pero mucha, mucha, alegría de vivir en nuestro adentro.

Feliz domingo,

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