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Primavera atómica

Ilustración del proyecto Exoscan, de Marceau Truffaut

Hay épocas en las que, sin aparente explicación, los días se tornan densos, el tramo lunes-viernes tiene más días que las vacaciones de los profesores, dejamos de fluir y necesitamos cuerda y arnés para seguir avanzando, porque no es que las cosas se pongan cuesta arriba, sino en pared vertical. Te repites que eres un ser privilegiado que no tiene de qué quejarse porque tienes qué comer y dónde dormir, pero la velocidad mental se desacompasa del ritmo justo y necesario para el día a día. El pleno esplendor de la primavera, esas semanas en las que el polen todo lo inunda, listo para crear vida y complicársela a los alérgicos, es una de esas épocas que vivo como una travesía por la Antártida sin aparente explicación.

Los sentidos, que ya de por sí me hacen vivir con intensidad el resto del año, se agudizan a tal punto que hacen que cumplir el ABC básico de la vida para ser funcional se convierta en reto diario. Me he dado cuenta de que los síntomas de este problema de quejica del primer mundo van de la manita en duplas físico – sensoriales que, como todo, tienen sus consecuencias a nivel emocional. Decía Joyce que en lo particular se encuentra lo universal, así que resumo algunos de estos síntomas, por si alguna persona desesperada que se tope con esto se siente identificada y le sirve de sosiego.

Empezamos por los ojos. La conjuntivitis hace que te despiertes a diario con los ojos pegados bajo una capa de legañas y que salir de casa con gafas de sol, de ver o de buceo se convierta en bastante más prioritario que calzarte o llevar ropa interior. Hay que evitar a toda costa la tentación de rascarse los ojos como un mandril para no acabar en urgencias en busca de un chute que evite que estos se salgan de sus órbitas. A su vez, todo lo que el cerebro tiene que procesar a través de lo que le llega por la vista puede llegar a resultar un desafío, porque la tromba de información es infinita: la luz, las paletas de color con cierta saturación, el desorden, la fealdad y hasta el reflejo que te devuelve el espejo. Un amanecer, una ladera verde y frondosa, una composición bonita o el sol de final del día pueden conmoverte a tal punto que, olvídate de hacer nada más.

Siguiendo el mapa que dibuja el rostro, continuemos con la nariz. Además de pasar semanas picando, moqueando y haciéndote estornudar sin importar que sean las 3 AM o PM (yess, el insomnio se convierte en tu mejor compañía), los olores se intensifican a tal punto que llegas a fantasear con ganarte la vida elaborando perfumes para Armani o Chanel. Catas la humedad, el tabaco y la gasolina antes de que se den, te llega el aroma de flores y plantas que echan raíces a un kilómetro de ti e identificas todos y cada uno de los desodorantes y detergentes de lavadora que usan (o no) tus vecinos. Todo lo que llega por el olfato aporta tantos datos que podrías estar todo el día sentado en posición de loto, simplemente tratando de procesarlos, y acabarías más fundido que tras un Ironman.

El oído, a nivel fisiológico, tiene el detalle de no darte la murga, pero puedes captar conversaciones tres paredes más allá, necesitas controlar tanto el volumen como el contenido de cualquier radio, TV o cachivache a tu alcance, y concentrarse se vuelve quimera porque hasta el aleteo de una mariposa te distrae, no digamos si hay dos personas o más hablando como minions alrededor.

La garganta, igual que la nariz, se abona al club del picor 24/7, pero tiene el decoro de no fastidiarte los sabores al comer, por lo que nada que objetar en este punto y avanzamos a la piel. A nuestro mayor órgano le produce urticaria hasta el lino, y el mínimo rayo de sol durante más de diez minutos le brinda un color rosa-rojo que solo favorecería a Babe el cerdito valiente, un tono que ya quisieran para sí los corales de la gran barrera australiana, vaya.

Los expertos a tu alrededor que han estudiado carreras sanitarias te dicen, con todo su conocimiento y buena fe, que los antihistamínicos de nueva generación son maravillosos porque te arreglan los síntomas y no dan sueño pero, amigos, a ti te dejan en estado de hibernación, por lo que no los tomas, continuas con la búsqueda de otros remedios y se acaba repitiendo el ciclo un año más, uun aaño máas. Nos queda tener paciencia, primero con nosotros mismos, luego con los demás, para salvar los platos con dignidad y mantener la calma a pesar de sentirnos en el ojo del huracán.

Más allá del incordio, la gestión de todo lo que te llega por los sentidos se convierte en un trabajo paralelo a la vida misma que, curiosamente, provoca una mezcla de agotamiento e hiperactividad que no sabes ni por dónde agarrar, disparando los niveles de ensoñación y escapismo que tratas de administrar con fe cristiana; los días pasan entre tratar de ser funcional para cumplir con las obligaciones, y los deseos de cabeza y corazón, que vuelan a un hipotético futuro en el que vas a dejar de estar continuamente abrumado. La cabeza va a mil por hora, pero cuesta decidir hasta qué calcetines ponerte.

En esta época en la que la vida se vuelve atómica, mi receta peregrina pasa por trazar un ritual diario que prácticamente nunca se cumple y se encuentra a medio camino entre limitar al máximo las distracciones y permitirme abrir espacios en los que dejar fluir el torbellino de lo que atrapan los sentidos. Hasta hace no mucho, creía que las locuras de cada cual tenían que quedarse ahí dentro, bien quietitas, para no llamar la atención, no vaya a pensar la gente que vas de especial. El problema con esto es que aquello que captamos y no expresamos acaba saliendo por algún lugar, casi siempre no deseado, así que es mejor encontrarle su sitio y dejarlo estar.

Mientras llega el verano, me despido de vosotros mudándome mental y espiritualmente a cualquiera de estos lugares concebidos para mantener a raya el ruido mental y ayudar a los sentidos a serenarse. Lugares en los que dejarse abrazar por el espacio, para hacer poco y ser mucho:

1 / Casa M, de Vincent van Duysen

Alentejo, Portugal, siempre es una buena idea. Un entorno natural que parece una eterna bienvenida y un clima amable son, por sí mismos, dos argumentos que no precisan de adorno para animarte a pasar allí parte del año. Tranquilidad, buenos alimentos y bellos paisajes siempre suenan bien, ¿verdad? En este contexto, el arquitecto belga Vincent van Duysen diseñó este refugio para uso personal en la apetecible Melides, colaborando para ello con el estudio local SIA Arquitectura en una obra que finalizó en 2019.

Inspirada en Can Lis de Jørn Utzon (Mallorca), Casa Luis Barragán (México) y el Rancho Fantasma de Georgia O’Keefe (Nuevo México), Casa M es una sucesión de espacios que se abren los unos a los otros en estructura de hormigón, seña de identidad de van Duysen, que juega al escondite entre las dunas para fundirse con la naturaleza. Parte de su magia reside en que consigue hacer cálido y acogedor, igual que el carácter de los lugareños, un material a priori tan duro y frío. Ayuda, claro, la orientación al pinar y los campos de arroz que rodean el enclave, así como los cuidados detalles realizados a medida en materiales nobles, la piscina en una terraza en cubierta de terracota y una puerta ventana corredera de casi 12 metros de largo desde la que sentir el Atlántico bien pegadito. ¿La única pega? No haber sabido dónde había que firmar para pasar ahí 2020 y lo que vino después.

Fotografía: Ricardo Labougle & Vincent Van Duysen.

2 / Casa Malaparte, de Adalberto Libera

Encargada por el escritor Curzio Malaparte (que se inventó su apellido para llevar la contraria a Napoleón) al arquitecto y cara visible del movimiento moderno en Italia, Adalberto Libera, Casa Malaparte es, literalmente, una casa incrustada sobre la roca de un acantilado en Capri que sirvió a su primer dueño de refugio personal, un lugar donde escribir, pensar y contemplar el portentoso mar Tirreno que rodea la edificación. Finalizada en 1938, es una de las viviendas más icónicas y enigmáticas de la arquitectura del siglo pasado. No en vano, se ha erigido en icono cultural, habiendo servido de escenario en El desprecio (1963) y El talento de Mr. Ripley (1999), o como telón de fondo en campañas de moda para Saint Laurent (con Kate Moss y Jamie Bochert), Ermenegildo Zegna (con Ryan Burns) o Louis Vuitton (con Emma Stone).

De marcado estilo racionalista y con guiños a lo monumental, Casa Malaparte es un potente volumen geométrico de líneas limpias y muros de mampostería revestidos en estuco rojo que contrastan con el dramático entorno de tonos verdes, grises y azules. Sin embargo, sus rasgos identitarios son la infinita escalera integrada en el volumen principal y la terraza en la azotea que la corona, desde donde dominar mar y cielo, sentir la comunión tan potente como poética entre arquitectura y naturaleza y trascender con nota cualquier batallita diaria.

Fotografía: Cortes de las campañas de E. Zegna, L. Vuiton y autor desconocido.

3 / Secular retreat, de Peter Zumthor

Y terminamos la edición de junio con uno de los grandes. Living Architecture (un juego de palabras entre “experimentar la arquitectura” y “arquitectura viva”) es un proyecto emprendido en 2006 por el filósofo Alain de Botton y su socio Mark Robinson con el objetivo de acercar la experiencia de la arquitectura contemporánea de alta calidad a personas de carne y hueso. Para ello, encargan a arquitectos de renombre internacional el diseño de residencias en entornos rurales o costeros del Reino Unido para que, quien quiera/pueda, las alquile para pasar un fin de semana o unas largas vacaciones. A su vez, Living Architecture pretende ser un alegato contra el mal gusto de parte de lo que se construye hoy en día, buscando mostrar que la buena arquitectura puede mejorar profundamente nuestra vida diaria, una idea que, salvando las enormes distancias, porque este no es más que un diminuto proyecto personal que nace del gozo y de la curiosidad, es un poquito de lo que pretende ir RefugioNorte.

Gracias a Living Architecture, Reino Unido cuenta con una de las escasas obras construidas por el arquitecto Peter Zumthor, premiado con el Pritzker en 2009, fuera de su Suiza natal. La residencia se llama Secular Retreat (retiro secular) porque el brief recibido por el arquitecto fue el de “crear una casa para la contemplación, el descanso y la inmersión en la naturaleza, sin contenido religioso”. Construida sobre las ruinas de una antigua casa de madera y ubicada en una colina en South Devon, a escasa distancia de la costa, la vivienda se compone de una losa de hormigón sobre la que se erigen anchos ventanales que enmarcan perfectamente y en todas las direcciones el precioso entorno que la rodea, dando la sensación de que la casa ha surgido directamente del suelo, como un árbol más. La meticulosa ebanistería de puertas, estanterías empotradas, armarios y muebles de cocina, elaborada en madera de manzano y cerezo, aporta calidez y profundidad al contraste con las paredes de hormigón rematadas a mano y el suelo de piedra extraída de una cantera en la cercana Somerset. Asimismo, sofás, sillas, mesas y lámparas han sido diseñados también por el arquitecto.

A nivel de programa, los 375 m2 incluyen cinco dormitorios con sus respectivos baños, divididos en dos alas a ambos lados de un espacio abierto central que incluye cocina, comedor y una sala de estar con chimenea, además de dos terrazas perfectamente orientadas.

Fotografía: Jack Hobhouse

En palabras del propio Zumthor, un hombre conocido por tomarse su tiempo para conceptualizar y terminar cada obra:

Se ha vuelto raro poder sentarse en una casa y contemplar un hermoso paisaje en el que ningún otro edificio interrumpa las líneas de las ondulantes colinas. Tranquilidad, contemplación, puro lujo. No pude resistirme a intentar crear esta casa.

La filosofía y la arquitectura de Peter Zumthor, que vienen a ser lo mismo, es de esas que apelan directamente a los sentidos, que tan exaltados se encuentran por primavera. Crea atmósferas que favorecen la intimidad y la contemplación, en una perfecta simbiosis de materiales que apetece tocar y volúmenes que fomentan mirar hacia adentro mientras miramos hacia afuera y viceversa, haciendo que quien habite el espacio se sienta protegido a la par que abierto al entorno. Espacios sensuales y esenciales, amplios y silenciosos, poderosos sin ser ostentosos, que invitan a ir lento y a “estar» más que a «hacer».

A ver si se me pega algo de esto para el mes que hoy estrenamos y paso de estado atómico a molecular.

Feliz junio,

🙂

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