
Hubo un tiempo en el que la capacidad para recorrer largas distancias y enfrentarse cuerpo a cuerpo a los peligros de la naturaleza para conseguir alimento eran condición indispensable para el progreso; prosperaba el más fuerte. Con la invención de la agricultura, los humanos empezamos a tener excedentes en nuestra producción, lo que dio pie al comercio; prosperaba el más pudiente, quien más medios tuviera – técnicas, herramientas, mano de obra, tierras o almacenes. En el siglo XX, el conocimiento pasó a ser la clave de todo; prosperaba el más inteligente, entendiendo como tal al que más supiera, al que mayor capacidad de aprendizaje tuviera.
Y ahora, ¿qué? ¿Qué importan la fuerza, los medios o nuestro conocimiento en un escenario en el que el acceso a todo ello es prácticamente universal? Tenemos a golpe de clic información sobre qué hacer para tener un cuerpo atlético. Internet nos brinda todas las herramientas imaginables (medios) para crear libros, películas, discursos, imágenes, platos o código. Y la IA tiene más conocimiento del que nunca podrá tener el humano con mayor coeficiente intelectual de la historia.Entramos en una nueva era de la democratización, de la desaparición de barreras. Y la clave pasa a ser qué narices decidimos hacer con todo lo que se nos ofrece a nuestro alcance. Para prosperar hoy, resulta más crucial que nunca nuestra capacidad de distinguir lo que vale de lo que no. Saber mucho ya no es la cuestión. Saber lo que es correcto, sí que lo es. Juicio, gusto o criterio- podemos llamarle de cualquier manera, que la esencia viene a ser la misma- son ahora el meollo.
Al hilo del saber, el filósofo y diseñador Máximo Gavete decía lo siguiente en su publicación en Honos la semana pasada:
Saber – del verbo sapere -, originalmente, era saborear. No en sentido figurado, sino literal: paladear, degustar, distinguir lo dulce de lo amargo, lo sano de lo podrido. Pero también, casi sin transición, saber era juzgar, discernir, tener criterio. Es curioso cómo, en esta raíz común, se anudan el paladar y el pensamiento. Como si el conocimiento más verdadero no fuera el que se mide en datos, sino el que se experimenta en la boca, en el cuerpo, en eso que uno siente cuando algo está bien o está mal, sin necesidad de razonarlo. El sapiens, en rigor, es quien sabe con el gusto. Quien ha entrenado su sensibilidad hasta convertirla en brújula.
No nacemos sabiendo mucho más que berrear. El saber, como el gusto, se entrenan experienciando. La IA puede darnos darnos respuestas infinitas, pero no tiene capacidad experiencial. Para construir criterio y perfilar el gusto, es preciso vivir, dudar y equivocarse, verbos que, por el momento, parecen reservados al ámbito de lo humano.
La sobreabundancia que nos rodea, sin embargo, complejiza enormemente esta tarea de separar el grano de la paja, de distinguir lo que es merecedor de nuestro tiempo y nuestra atención de lo que no. En este contexto, ¿dónde marcamos la frontera entre dejarnos permear por la novedad o lo desconocido, para seguir creciendo, y proteger nuestra atención de todas las distracciones a nuestro alcance 24/7, para no perder el norte? Dice el productor estadounidense Rick Rubin que:
Todo aquello con lo que entramos en contacto tiene el potencial de influenciar nuestro gusto, por lo que el arte de vivir bien incluye el arte de saber nutrir nuestra corriente de entrada.
En otras palabras, igual que el consabido “somos lo que comemos”, para desarrollar el criterio, resulta fundamental hacer una curación sobre nuestro consumo sensorial; aquello que leemos, miramos, escuchamos, saboreamos e, incluso, olemos, es decir, todo aquello que captamos mediante los sentidos, son los mimbres que nutren nuestro juicio.
La construcción del gusto es un proceso iterativo entre intuición, vivencia y raciocinio; intervienen a partes iguales aquello que captamos y no somos capaces de explicar (esa fotografía tiene una buena composición, porque percibes que es así sin recurrir a argumentos), aquello que hemos experimentado (me irrita que la gente quiera ser el centro de atención, así que ser el centro de atención pasa a ser algo negativo en mi escala de valores) y aquello que ya tenemos interiorizado como verdad empírica (la fórmula química del agua es H2O). En el fondo, la formación del criterio tiene mucho de la filosofía de Kant, que hace más de 300 años ya abogaba por conocer el mundo tanto por la razón como por la experiencia.
En cualquier caso, en la teoría todo esto suena más asequible que en la práctica; el desarrollo del gusto es en gerundio y sospecharía de quien diga tener una receta para ello. Así que, mientras los humanos podamos seguir viviendo como humanos, seguiremos teniendo el poder de experimentar, de confiar en nuestros sentidos, de saborear, de cuestionarnos todo lo que percibimos y, con todo ello, descifrar aquello que es mejor y merece la pena.
Feliz sábado,

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